Sigur Rós o ‘cómo elevarte al cielo’

Resulta bastante complejo hablar de un concierto cuando ha sido tan perfecto y emocionante como lo fue éste. Resulta difícil escoger las palabras adecuadas, las más bonitas, que describan con precisión, a aquellos que no pudieron estar en el show, mínimamente lo que ocurrió en él. Desde Crazyminds lo vamos a intentar con toda la pasión, el respeto y el cariño que se merece recibir esta banda y nuestros lectores. Una banda, que ha marcado Islandia en el panorama musical y que nos ha contagiado las ganas de teletransportarnos a sus preciosos paisajes cada vez que les escuchamos. Porque igual de bellos y mágicos son los paisajes islandeses como la música que hacen: Sigur Rós.

Desde hacía meses esperábamos su visita a Barcelona. Muchos (muchísimos, pues se acabaron las entradas) rompimos la hucha para comprar la llave que nos daría acceso al Sant Jordi Club, que muy barata no era precisamente, y amortizarla meses más tarde en un concierto sublime de prácticamente dos horas.
La voz angelical, como de ‘ser de un mundo de fantasía’, de Jónsi y la magia de la música de Sigur Rós rompían un silencio SEPULCRAL y cargado de electricidad, difícil de conseguir por parte del público en un concierto, a las 9.30h. de la noche de un sábado, en la mágica montaña de Montjuïc, quizá lo más cercano a un paisaje islandés que tenemos en Barcelona, sálvense las distancias SIEMPRE.

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Voy a intentar describir lo que vieron mis ojos y lo que sentí como espectadora, más que como cronista de Crazyminds, para que entendáis y os hagáis una mínima idea de lo asombroso de lo que allí aconteció. Pues tras un velo semitransparente, como si de una burbuja de jabón, frágil pero irrompible, se tratara, donde sobre ella se proyectaban preciosas e impresionantes imágenes siempre relacionadas con la naturaleza, se encontraban los inconfundibles componentes de Sigur Rós.

Música e imágenes se daban la mano para llevarnos a un ‘limbo’ donde no existía nada más y donde boquiabiertos nos olvidamos del mundo por un instante, y de la frialdad de la sala donde nos encontrábamos.
Tras tres canciones, que si la memoria y el islandés de ‘pacotilla’ no me fallan eran: Yfirbord, Vaka y Ný Batterí, el velo que cubría a la banda y que nos hacía verla entre sus propias y gigantescas sobras, como si fueran un objeto al que hay que cuidar (que lo es), cayó para mostrarnos sin impedimentos a Jónsi y su banda.
No obstante, los visuales no dejaron de estar presentes durante todo el concierto acompañándoles en cada uno de los temas y convirtiendo la actuación en un espectáculo para los sentidos, en una experiencia única. Y no exagero.

Una experiencia asombrosa en la que sonaron entre otras: Olsen Olsen, E-bow y cómo no: Hoppípolla, que se convirtió en el cénit de la felicidad absoluta para todos los allí presentes, convirtiendo el Sant Jordi Club en una verdadera celebración donde sólo faltaban el confeti y los globos de colores.

También sonaron: Glósóli o Kveikur, que dieron paso a unos bises memorables en especial si hablamos del explosivo Popplagid en el que el niño bueno de Jónsi se transformó en una bestia salvaje y desgarradora y que puso el punto y final a un concierto PERFECTO, que demostró que Sigur Rós es una de las bandas más conmovedoras, tiernas, sensibles, dulces, pero a la vez más vibrantes, turbadoras, inquietantes, apasionantes, conmovedoras y emocionantes que existen. Y creo que ésto no sólo lo debo pensar yo, pues los islandeses tuvieron que salir a dar las gracias en dos, si no tres ocasiones, a un público rendido que no dejaba de aplaudir. Todavía lo estamos haciendo en nuestros adentros…

¡TAKK Sigur Rós!