Richard Buckner, el secreto de las montañas

RICHARD BUCKNER

Fecha: 17 de Mayo de 2012

Lugar: Sala Costello (Madrid)

Foto cedida por Heinekenpro.com, fotógrafo: Macarena Pérez

Mientras en Barcelona miles de personas llenaban la bacanal rock de Springsteen, 25 almas descarriadas asistían al concierto de Richard Buckner en la Sala Costello. Testimonial presencia, sí, pero suficiente como para arrancar unas cuantas canciones a este chamán del folk y el country con más de una década de carretera sobre las sienes.

 

Se le nota a Buckner curtido en bares y clubes de segunda, en salas a medio llenar. Una mirada hacia el público le bastó para iniciar una velada en la que, a pesar de la escasa concurrencia, el artista supo mantener al respetable pegado al escenario, con su trance de seis cuerdas y su voz a punto de estallar. Su intensidad, claro, no se mide en decibelios, ni siquiera en aplausos -que fueron muchos en los que pocos momentos en los que el norteamericano soltó su guitarra-. Quizás sí en la manera en la que aprieta sus ojos y se lanza a interpretar unas canciones que duelen, que Buckner parece sentir como cicatrices sobre su piel. Y a juzgar por su cara, ya curtida por los años, han debido ser muchas las que han pasado por su guitarra.

 

Su música cercana a la de Richmond Fontaine, pero también a la más oscura y enigmática de David Eugene Edwards (Woven hand, 16 Horsepower), navega como un signo de interrogación entre el público, que se limita a permanecer en la penumbra a la espera de que el artista alce la mirada buscando la complicidad. Ese sentimiento primitivo, tan olvidado a veces por la música, reaparece a veces en forma de pequeños guiños, de un ‘gracias’ que suena a reverencia, de una pequeña historia que cuenta mientras tensa las cuerdas de su guitarra ajada. Es el semblante de este hombre de las montañas que a ratos coge aire en un intento por acercarse al espíritu de Neil Young. Pero, al instante siguiente, como si quisiera recapitular, se dedica a retorcer la melodía como un alambre, buscando, poco a poco, esa luz que le lleva hasta el final de la canción.

 

Una manera de masticar las composiciones que recuerda a la de Jason Molina (Songs: Ohia, Magnolia Electric Co.), al del llanero solitario en busca de cualquiera que quiera escuchar sus relatos de madera y desierto. También a una especie de Hank Williams machacado por la madurez -él, que precisamente murió a los 29 años-. Quizás, cuando Buckner pase a mejor vida, lo haga con las botas puestas, como el mito del country. Lo que sí parece claro es que, tras noches como la de ayer, el secreto de su música, que parece venir como un eco, desde lo alto de las montañas, permanecerá a buen recaudo, allí donde sólo unos pocos se atreven a adentrarse.