Radio Moscow: La psicodelia viaja en galeón

La Copérnico de Madrid es una especie de barco varado que transporta joyas musicales en su bodega de generación en generación. En medio de sus maderas nobles todo se hace más intenso, y cuando sobre el escenario fluye la psicodelia, el viaje mental es demasiado evidente como para ser contado.

El barco que te lleva al éxito pasa una única vez delante de tus morros. Suele ser cierto y hay quien lo aprovecha. El Make Noise Malasaña de hace unas semanas reunía una tripulación musical con mucho talento y futuro. Algunos ya están preparados para gobernar en otras naves. Una de las bandas más destacadas del festival pudo darse el gustazo de acompañar a Radio Moscow en su concierto madrileño. El grupo madrileño con raíces astures Jygüer tiene una pasión por la psicodelia y la contundencia que les hermana con los chicos de Iowa.

Los Jygüer son un rara avis en nuestra escena. Apuestan por causas perdidas con mucho estilo aunque su trasfondo psicodélico sea una evidente carta ganadora. Para colmo, suenan bien y mal al mismo tiempo. Tienen cosas que pulir pero cuentan con una propuesta muy interesante que incluye teclados muy atmosféricos, un bajo discreto, una batería muy poderosa y un par de voces con diferentes matices. En unos años pueden encabezar sin problemas una psicodelia nacional rescatada del ayer.

Los propios Radio Moscow dieron fe con su presencia y sus grabaciones de móvil de lo interesante que sonaba aquella banda con tanto desparpajo y musicalidad. El momento estelar de la actuación del telonero fue la aparición de un precioso sitar, todo un guiño a los sesenta y su amor por la psicodelia oriental. A algunos nos vino a la mente el gran Brian Jones, salvando las razonables distancias. Su sonido sublime te hace dar las gracias por su inclusión en el espectáculo. Tras el momento exótico de la noche les tocaba a los cabeza de cartel. Su humildad en su puesta en escena conectó rápidamente con un público entregado que demandaba distorsión y pasión.

Los nuevos hijos de la psicodelia se abren paso entre la bodega del galeón y regalan simpatía y talento a raduales. En medio de una burbuja temporal van tirando por la borda temas como Broke Down, Death of a Queen, I Just Don´t Know o These Days. El sonido es celestial pero echo en falta las fabulosas visualizaciones que suelen acompañar a los mejores representantes de la nueva psicodelia en sus directos. La voz de Parker Griggs en otra era sería generacional y acompaña a una guitarra con muy mala uva que desprecia cualquier género que no tenga vinculación con la distorsión.

A su lado se encuentra Paul Marrone en éxtasis absoluto, con la melena convertida en máscara y tocando sin mirar, con el alma. Tal es su estado de euforia que un espontáneo se sube al escenario para resituar un bombo caído sin que Paul se baje de su nube. Por su parte, Anthony Meier es el más serio de los tres pero tiene una técnica que le permite dominar el bajo sin estrés y eso en Radio Moscow ya es mucho. Estrés es lo que sufren sus notas debido a ese trepidante ritmo que no decae en ningún tema. No hay pausa ni falta que hace. La concurrencia no tiene más remedio que ponerse a hacer pogos salvajes que hacen mella entre los más veteranos, que buscan acomodo en las zonas más tranquilas de la bodega del galeón Copérnico.

El hippie ha resucitado y su plegaria cruza el océano del tiempo para demostrar la vigencia del género con No Time, Rancho Tehama Airport y No Good Woman. Una histeria colectiva digna de condenados a galeras inunda a estas alturas el local pidiendo guerra. Los músicos hacen el típico conato de irse que por ser tan habitual ya se ha desteñido.

Con la misma intensidad inusitada con la que comenzaron su viaje lisérgico terminan su actuación en medio de unos eufóricos seguidores que llenan el ambiente de saltos y diversión. Los chicos de Iowa vuelven para desembarcar Gypsy y I Don’t Need Nobody. Tras la transmisión de energía más explosiva que hemos visto en este año de conciertos en Madrid, Radio Moscow se despide con una sonrisa y un abrazo para aquellos que les asedian con peticiones banales.

El directo deja un poso inconfundible de banda en ascenso directo hacia el Olimpo. Carisma, estética y talento no faltan en este trío destinado a alterar nuestro estado de ánimo durante décadas. Poco a poco los asistentes a esta travesía se van despertando en su realidad y cada uno lo sobrelleva a su manera. Una vez en tierra me queda el consuelo de que este barco volverá a pasar por aquí para llevarnos a un lugar con mejores sonidos mientras la brisa del mar cura mi alma.