Primavera Club 2017 – Primera jornada

Foto de Alba Rupérez

Que el formato en sala no engañe a nadie: el Primavera Club es un festival difícil de abarcar. En un mismo día te meten hasta 15 conciertos en dos salas. Eso hace que la elección de los grupos que uno vaya a ver en un día cambie completamente la experiencia del festival y los descubrimientos (porque para eso se va al Primavera Club) que valdrán la pena.

La primera jornada del festival en Barcelona destacó sobre todo por el gran número de bandas “de guitarras”. Sí, hay más instrumentos y géneros musicales, pero la tónica general fue la de ver guitarrazos saturados sobre los escenarios. Algunos con más éxito que otros.

Una de las grandes incógnitas del festival no era una banda, sino la inauguración de la nueva 2 de Apolo, totalmente reformada y con un aforo que casi triplica al anterior. Valiente la decisión de la organización de estrenar el espacio con los madrileños FAVX, ya que los decibelios de su punk post-hardcore a punto estuvieron de tirar abajo la sala. Cuando uno escucha sus temas en Spotify, tiene la sensación de que difícilmente tres personas podrán llevar ese abanico de sonidos densos y distorsionados al directo. FAVX no solo lo consiguen sin que además le dan una nueva dosis de intensidad a esos temas que caminan entre el post-hardcore y el grunge. Hubo momentos en lo que fue difícil distinguir entre tema y tema pero hay que destacar lo bien que sonó Flowers of the West, su canción más accesible.

La 2 de Apolo fue precisamente la sala por la que pasaron las bandas más cañeras de la jornada, como Medalla, del Segell del Primavera. Son una de las promesas del rock en este país. Y lo saben (y lo demostraron). En la primera jornada del festival pocas bandas se mostraron tan compactas y seguras de si mismas como los de Barcelona. Máquina de Plata les sirvió para sentar las bases de un concierto lleno de guitarrazos y líneas gruesas de bajos que hacen que todavía quede esperanza para las nuevas formaciones de rock.

También sonaron consistentes Flat Worms. El grupo formado por miembros de The Oh Sees, Ty Segall y la banda de Kevin Morby no dieron tregua con los temas de sus primer EP Red Hot Sand que iban enlazando casi sin descanso, haciendo que en algunos momentos su directo se hiciese algo denso.

En la sala principal otro grupo “de guitarras” daba la campanada. Starcrawler  deslumbraron con su rock guitarrero, que pese a no ser muy innovador, suena fresco y bien ejecutado. Una vez superado el shock de ver a la frontman Arrow de Wilde contorsionándose sobre el escenario con cara de poca salud, el público se entregó a los guitarrazos de una banda que cuenta que con el aval de nada más y nada menos que Ryan Adams, que les está ayudando en la producción de su primer álbum.

Pero por las salas de Apolo también pasaron formaciones que indagan en géneros menos frecuentes y que no por ello pierden atractivo en un festival de este tipo. Tras el intenso directo de FAVX tocó el turno de la experimentación oscura y densa de los londinenses de Sex Swings, el secreto mejor guardado del pequeño sello discográfico nacido de entre las fauces de The Quietus, web de referencia entre los amantes de la música desde hace casi una década. Los swingers hicieron gala de lo mejor que saben hacer: piezas contundentes y monolíticas que combinan lo mejor de la música drone, el metal y hasta un poco de psicodelia.

Su álbum debut, y que lleva por título Sex Swings (tQPC, 2016), fue la mejor carta de presentación de este supergrupo formado por Jason Stoll (Mugstar), Colin Webster (Dead Neanderthals), Dan Chandler (Dethscalator), Stu Bell (Gin Palace) y Jodie Cox (Earth). Lo del viernes fue atestiguar como cinco inconformistas musicales, cada uno con sus sórdidos trucos sonoros, se agitaban entre la resonancia distópica y la anarquía analógica.

Seguidamente, y como si hubiésemos hecho un zapping violento, nos encontramos con las chicas de Girl Ray, que lo único que tienen en común con Sex Swings es su ciudad de origen (Londres). El trío de Poppy Hankin, Iris McConnell y Sophie Moss, suena como música para veinteañeros (hecha por veinteañeras). Se trató de un show fresco, con muchas referencias al sonido edulcorado de bandas como Belle And Sebastian o una Cat Le Bon en sus inicios. Las londinenses interpretaron los temas incluidos en su más reciente producción discográfica Earl Grey (Moshi Moshi Records, 2017). En cuestión de minutos pasamos del drone más denso al indie pop más rosa. Porque en Londres (y en el Primavera Club), hay de todo y para todos.

Una de las actuaciones más atractivas y convincentes tuvo lugar en la sala principal de Apolo, que aún mantiene su encanto de antaño, en la que pudimos disfrutar del directo de David Shaw con su proyecto DBFC. Aunque se pretende encasillar su música como una demostración clara de su amor al sonido electrónico francés, lo de DBFC es mucho más rico y retador para oídos poco entrenados. Su último álbum, Jenks (Different, 2017), es un cóctel electrónico que se alimenta de géneros tan disímiles como el shoegaze, el house o el disco. La elección más acertada para empezar el viernes en la noche y marcar así el ritmo de esta nueva edición del hermano pequeño del Primavera Sound.

Quizás hablar de decepción sea exagerar, pero lo de Gold Connections estuvo cerca de serlo. Tener buenas compañías en esto de la música puede inflar el hype de una banda y también poner el listón muy alto. Los de Will Marsh llegaban a Barcelona con un EP homónimo bajo el brazo que había despertado la curiosidad de no pocos oyentes. Un disco producido por el compañero de universidad de Marsh: Will Toledo. Sí, el frontman de Car Seat Headrest dejó una enorme huella en el primer trabajo de Gold Connections.

Sin embargo, sobre el escenario de la 2 de Apolo, todo aquello que los hacía tan apetecibles se desvaneció poco a poco. A los estadounidenses les faltó garra y trabajar más su presencia en el escenario. Sus temas perdieron sonoridad en directo y hasta se les notaba cierta inseguridad a la hora de interpretarlos. Quizás era demasiado pronto para traerlos.