Pletóricos Dogs D’ Amour en Madrid

Existen artistas fiables, paradigmas de la profesionalidad y el rigor, sobre los que puedes apostar a ciegas, jamás te defraudarán, jamás te traicionarán. Otros, en cambio, que pueden tener el mismo o más talento, son conflictivos, indescifrables, enamorados del peligro. A menudo te descolocan, pero, seamos sinceros, son muy excitantes.

El caso que nos ocupa, The Dogs D’ Amour, encaja a la perfección en este segundo casillero, en el de bandas de rock tan próximas a la genialidad como a la autodestrucción. Sus conciertos, a lo largo de casi tres décadas, han generado un amplísimo repertorio de noticias y sensaciones, desde la euforia colectiva al desconcierto por ver a Tyla autolesionándose o perdiendo el hilo debido a los excesos alcohólicos. O, directamente, la indignación por contratar músicos ajenos al grupo y reactivarlo.

Su discografía también ha navegado por aguas turbulentas, desde obras maravillosas como In The Dynamite Jet Saloon, Errol Flynn o More Unchartered Heights Of Disgrace hasta artefactos experimentales perpetrados por el propio Tyla y publicados bajo el nombre del grupo como aquel innecesario When Bastards Go To Hell. La pinta de esta gira, con la formación original, con el loable objetivo de recaudar fondos para un amigo enfermo de cáncer, con un EP bajo el brazo, era óptima. Pero con Tyla nunca se sabe. ¿Será beneficiosa esta experiencia para los fans de Dogs D’ Amour? ¿La recordarán con agrado? La madrileña Sala Caracol dio la respuesta: sí. Un sí como un planeta.

Stop Stop, la banda telonera, ofreció un correcto entrante, dejando a su paso una estela de maquillaje, laca y hard rock glamuroso, enloquecido y banal sin muchas pretensiones, pero eficaz para divertirse un rato. Justo el tipo de grupo, por cierto, al que la industria musical de los 80’s le hubiera encantado que perteneciera Dogs D’ Amour, pero que, más allá de las melenas cardadas y los pañuelos, no les definía en absoluto. Lo suyo fue un rock de raíces Stones/Faces, un sonido crudo, un talante oscuro, la dignidad del perdedor, el orgullo del forajido, los claroscuros del borracho, el romanticismo a flor de piel. También un repertorio de pequeños himnos absolutamente gloriosos y atemporales.

Con las dudas, la amenaza de la nostalgia y una ligera tardanza, Tyla y sus escuderos clásicos irrumpieron con la emblemática The Last Bandit y no tardaron mucho en desprender buenas vibraciones. Las primeras impresiones fueron que aquello sonaba bien, que la banda estaba ensamblada, que la actitud de todos era modélica, que se avecinaba una velada satisfactoria. Temas como la citada, Wait Until I’ Dead o la flamante Flameboy disiparon dudas; The Dogs D’ Amour no desilusionarían a nadie.

Pero según fue desarrollándose el concierto, la bestia desplegó las alas y la temperatura subió y subió hasta casi, casi, reventar el termómetro. Fue de menos a más de un modo evidente, delicioso, y aunque la ascensión fue muy gradual, podríamos situar la espléndida interpretación de How Come It Never Rains, momento algidísimo, como punto de inflexión, como el instante donde el público dejó de asistir a un concierto digno y solvente para vivir una experiencia mágica, de primer nivel, mucho mejor de lo esperado. Tyla acabó desenfundándose la chaqueta, bañado en sudor y ejecutando una botella de vino, por los viejos tiempos. Jo Almeida demostró ser una pieza crucial en las personalísimas melodías de guitarra de la banda. Y la colección de canciones elegidas, impecable: Drunk Like Me, Trail Of Tears, Heroine, Errol Flynn, Ballad Of Jack

Se echó en falta algún proyectil más de More Unchartered Heights Of Disgrace, seguramente la joya más incomprendida de la banda y de la que sólo sonó What You Do, pero pocos peros más se le pueden encontrar a este concierto. No existió la locura ni el salvajismo de los primeros años, sólo un ingenuo podría pedirlos, pero la mística, la esencia y el sentimiento de Dogs D’ Amour allí estaban, estallando ante un público algo estático pero radiante. Con I Don’t Want You To Go, y más intensos y engrasados que nunca, los bandidos ingleses, maldita sea, bajaron el telón y dijeron adiós, esperemos que hasta muy pronto. Porque pocas, poquísimas veces, una despedida apeteció menos.