Patrick Wolf: Otra nueva cabriola licántropa

Lugar: Sala Apolo, Barcelona

Fecha: domingo, 27 de enero del 2013

La historia nos ha dado muchas muestras de lo peligroso que resulta para un músico reinventarse, siendo, como acostumbra ser, una reacción a una situación de estancamiento. En ocasiones, esa reinvención se produce cuando aparecen los primeros síntomas: a veces el resultado es brillante, qué duda cabe; otras, las más de las veces, bochornoso.

¿Tenía Patrick Wolf esa sensación de estancamiento, o la reinvención forma parte de su evolución artística?  El año pasado nos sorprendió versioneándose a sí mismo en el Sundark and Riverlight (Bloody Chamber Music, 2012) que presenta en la gira que lo ha llevado a nuestro país.

El Wolf que nos visitó el domingo en la sala Apolo venía despojado de parafernalias: sentado al piano, al arpa, a la guitarra tenor o al ukelele, respaldado tan sólo por violín, acordeón y oboe o clarinete, desnudó voz y alma y las puso a disposición de un público, pulcro y ordenado en un patio de butacas dispuesto para la ocasión; aunque cabe preguntarse si, aparte del respeto que impone un auditorio tan formal, las sillas mataron algo de la espontaneidad del público en beneficio del (nunca suficientemente exigido) respeto al artista.

Patrick Wolf salió con algo de retraso, comedido con respecto anteriores visitas, pero con mucho más aplomo y convicción.

Wolf se sabe consolidado, dentro de su estatus de artista de culto, tras diez años de carrera, como nos recordó prolijamente en los intervalos (progresivamente más extensos) entre canciones : atrás quedaron los inicios, difíciles e inseguros, de un artista con la necesidad vital de gritar sus inquietudes a los cuatro vientos. Un tiempo que le ha servido para calmar la rabia y canalizar su narrativa, a la vez que limaba su técnica vocal e instrumental. De ahí la necesidad de dejar las máscaras en el camerino y los sámplers en el laptop, y demostrar que su talento se basta y se sobra para hacer de un set acústico algo próximo a una catarsis colectiva. Y para gustarse a sí mismo. Sí, Patrick Wolf está a gusto consigo mismo; ese parece ser el mensaje principal. Y así consiguió mantener al público pegado a las sillas, absorto y generoso, que le perdonó las payasadas y el clamoroso error en la preciosa versión de Into My Arms, de Nick Cave & The Bad Seeds, que se marcó con piano y violín. Hasta se le perdonó alguna que otra pieza sacrificada en el repertorio.

Y eso que es bien cierto que la narrativa del joven londinense no es apta para todos los oídos. La ingenuidad y la rabia de sus inicios, cierto hermetismo propio del chaval adolescente buscando su lugar en el mundo y la pugna entre el amor por su Londres natal y la necesidad de romper con él y huir hacen de sus canciones un material a veces excesivo y exuberante, que recubre una pátina naíf muy punk.

Otra muestra de su madurez y su aplomo recae en la reinterpretación melódica: la calidez de los instrumentos aportó ese plus de cercanía que permitió esa conexión mágica entre artista y público.

Aun así, hay que señalar que el inicio, con Time of my Life, Overture y Hard Times (que comenzó a arrancar las primeras ovaciones), tríada sacada (que no calcada) del Sundark and Riverlight, para empezar a medrar en terrenos de Lupercalia (Bloody Chamber Music, 2011) y Lycanthropy (Faith and Industry, 2003). Diez años que revisó con especial cariño a estas dos referencias, en un ejercicio de reflexión sobre el artista que las creó y el artista (diferente, más maduro, más sereno) que canta sobre el primero, ese yo que queda fijado en el pasado.

Armistice demostró que Patrick Wolf no necesita artificios para demostrar su poder. Pero la rabia quedó atrás, y House, London y Pigeon Song nos mostró de nuevo esa vena reflexiva, esa madurez sentimental.

Redondeó el concierto con un majestuoso medley entre Bermondsey Street y The Magic Position, y remató con los bises: The City y Wolf Song, que no podían faltar a la cita.

La seguridad que desprende Patrick Wolf, y el inmenso talento desplegado sobre las tablas, nos tranquiliza con respecto al temor que reflejábamos al principio. En concierto, qué duda cabe, echar mano a un repertorio consolidado es una apuesta segura, aunque sea con una propuesta poco habitual como la que se presenció en la Apolo. Eso sí, el público lo aceptó encantado y lo ovacionó con cariño, algo que no está al alcanza de todos. Aunque, dada la intensidad emocional del repertorio, los aplausos finales se antojaron algo fríos e insuficientes.