Mono inunda de emoción e intensidad la Joy Eslava

Mono Joy Eslava
Mono Joy Eslava

El post rock, y bandas cercanas a esta etiqueta en mayor o menor medida, ofrecen a día de hoy una de las razones más poderosas para mantener la pasión y la ilusión por la música actual. Y a diferencia de otros estilos que se encuentran sumidos en baches o tristes degeneraciones, algunas de las principales bandas representativas de este sonido se encuentran en absoluta plenitud, sin ninguna muestra de aburguesamiento o declive, como Sigur Ros o God Is An Astronaut. Otros, como los imbatibles y pioneros Mogwai, se encuentran directamente en el mejor momento de su carrera. Y Mono, la banda que nos ocupa, no es ninguna excepción. Su disco de 2009, Hymn To The Immortal Wind, supuso la sublimación de todas las virtudes apuntadas con anterioridad, su mayor hazaña compositiva y emocional, la conquista definitiva de una personalidad y de varios corazones repartidos por todo el mundo.

Así las cosas, y con un disco sucesor más que digno como For My Parents a defender, los japoneses se presentaban en la madrileña Joy Eslava dispuestos a plasmar todas sus bondades musicales sobre un escenario. Las referencias de anteriores conciertos eran óptimas, pero las dudas sobre cómo sonarían canciones en estudio tan rebosantes de instrumentos y de arreglos orquestales, tan barrocas y pulcramente producidas, tan afines a la música clásica, a su vez, eran lógicas. También resultaba interesante descubrir si la banda sería capaz de eludir el principal defecto que le achacan las voces más críticas, que no es otro sino esa sensación de cierta monotonía y autorreciclaje que desprenden algunos momentos de sus discos. Pues bien, después de que las inquietantes y áridas atmósferas creadas por el telonero Dirk Serries Microphonics se desvanecieran, Takaakira Goto, Yoda, Tamaki Kunishi y Yasunori Takada ocuparon sus respectivas posiciones y comenzó a sonar Legend, el corte inicial de For My Parents, una de las mejores piezas de toda la carrera de la banda. Y en los primeros instantes, segundos, de la interpretación, no hubo que esperar mucho más, se hizo la luz y se disiparon las tinieblas. Sonó el click, sin duda. Hablamos de resortes internos, de pellizcos íntimos, de esas revelaciones intangibles que le llegan a uno a bocajarro, sin avisar, y que le colocan automáticamente en otra dimensión, cerca del cielo, lejos del triste suelo, y que no duran mucho, son efímeros, pero como la triste vida los da a cuentagotas, hay que encontrarlos en sitios así, ante artistas así, y a veces, sólo a veces, llegan. Y con Legend llegó, vaya si llegó.

Con un sonido tan cristalino como rotundo, la hipnótica guitarra de Takaakira Goto condujo el tema con una fuerza, belleza y poder de sugestión que dejó perplejo hasta al más escéptico del lugar. El debate ya no era saber si Mono estarían sobre las tablas al nivel de sus obras en estudio, sino averiguar hasta qué desmesurada altura podía llevar este grupo su legado en directo. Legend, en concreto, y sin desmerecer la innegable hermosura que posee en el disco, tuvo muchísimo más vuelo y eficacia dramática, sonó más precisa, más temperamental, más penetrante. Tahaakira, excelso, y sus acompañantes demostraron (confirmaron) que detrás de todos los adornos y el preciosismo que lucen sus álbumes hay composiciones indiscutiblemente sólidas. Y que suenan mejor en formato eléctrico, incluso. Sobrenatural arranque, en cualquier caso, tal vez el momento más sorprendente y memorable de toda la velada. A partir de aquí el nivel no fue siempre tan escandalosamente brillante, por ejemplo Burial At The Sea, otra cumbre, no alcanzó la excelencia que tiene con la orquesta. Tampoco cautivó en exceso la insistente Unseen Harbor. Pero a su vez era imposible apartar la mirada del escenario. Existieron altibajos, pellizcos tímidos, alguna dispersión, fluctuaciones entre cielo y suelo, pero el balance fue más que satisfactorio, y sin duda inolvidable.

La puesta en escena austera y el formato instrumental más desnudo y básico permitieron inyectar la frescura y la agilidad que a veces se añora en sus discos, aunque a la vez vibrar y flotar con todo el lirismo y la profundidad que caracteriza a este grupo. Toda esa capacidad para la ensoñación, para dejarse llevar y sobrecoger por la música en su estado más puro y primario, la que evoca, la que sugiere, la que recrea imágenes mentales sin el apoyo de voz o letra. Es meritorio cómo lo consiguieron, cómo lo conciliaron. Ayudó, sin duda, la tremenda pasión de Takaakira, que en Pure As Snow, otro punto álgido, se levantó del taburete y se tiró al suelo, poseído, en trance. Otro arrebato parecido tuvo con Ashes In The Snow, el corte que abre su comentado disco de 2009, una de las mejores canciones instrumentales que ha compuesto nunca el ser humano y que muestra la inspiración, la creatividad, la envolvencia y el don de la emoción de Mono en su grado más superlativo. Podría no haber hecho ninguna otra canción más en su vida, y la existencia de este grupo seguiría siendo necesaria y admirable. Una pura barbaridad que, especialmente en su segunda mitad, con el público más incandescente que nunca, ofreció otro de esos fugaces momentos que justifican un concierto entero. Tras el cariz melancólico y desgarrado de Halcyon (Beautiful Days), única concesión por cierto a su etapa previa a Hymn To The Immortal Wind, y la bonita y crespuscular Everlasting Light los genios nipones se despidieron con educación y afecto y, por supuesto, sin pronunciar una palabra. Ya nos habían enseñado, antes, lo eficaz que puede ser cerrar la boca.