Mogwai regresan a tiempo en Madrid

Mogwai

Mogwai, pioneros indiscutibles del estilo, comenzaron a redefinir el post-rock a finales de los 90’s. Su manera de partir de sonoridades crudas y distorsionadas típicamente noventeras, aunque fundamentadas en décadas anteriores, e integrarlas en estructuras compositivas más propias del rock progresivo o del jazz, con piezas largas, de cadencia reiterada e hipnótica, densa atmósfera y uso inexistente o muy marginal de la voz supuso una de las innovaciones más gratas de aquellos años. Desde entonces, la regularidad con la que los escoceses o bandas afines como Sigur Ros, Mono, Explosions In The Sky o God Is As Astronaut han iluminado las listas de los mejores discos año tras año ha sido una deliciosa constante. Dicho lo cual, ni siquiera la más generosa de las miradas podría omitir que ese fulgor creativo parece haber remitido últimamente. Costaría encontrar alguna formación capital de esta escena que no transmitiera indicios de estancamiento o reiteración, de haber dejado ya atrás su punto máximo de inspiración.

No sólo, en consecuencia, y llegado este 2017, apetecía una barbaridad el puñetazo en la mesa de Mogwai. También se antojaba más necesario que nunca. A nivel discográfico, y tras una última época de lanzamientos no demasiado excitante, su nueva obra, Every Country’s Sun, es más que digna, y afirmar que es lo mejor que han grabado desde aquel imbatible Hardcore Will Never Die… But You Will sería defendible. No obstante, la sensación de contención y docilidad que rezuma el álbum, en consonancia con la también reciente banda sonora de Atomic, y que, casualidad o no, parece haber coincidido con la marcha de su guitarrista fundador John Cummings, no contribuye a despejar dudas, a dar por cerrado el bache y cantar victoria. Quedaba, lógicamente, la esperanza de la sublimación sobre el escenario, del triunfo de la emoción y el nervio en la distancia corta. Y las sensaciones tras su paso por la madrileña sala La Riviera fueron encontradas. Momentos sublimes se alternaron con otros erráticos, tibios, de un desangelamiento escénico y sonoro difícil de intuir en un concierto de esta banda no hace demasiado tiempo.

Con todo, y como muchas de sus mejores canciones, y por extensión de este estilo, la velada fue de menos a más, y la sensación de que la maquinaria fue engrasándose poco a poco, hasta el cénit final, donde surgieron los Mogwai más reconocibles, dejó buen sabor de boca y alimentó las esperanzas. Pero costó iniciar la elevación. El primer tramo de actuación fue disperso, sin apenas fuste o magia. Probablemente a ello contribuyó el peculiar reparto de roles producido sobre las tablas. Era difícil no añorar el toque maestro de Cummings. También chocó ver la batería sin el habitual Martin Bulloch al frente. Los músicos de acompañamiento, entre los que figuraba Cat Myers (Honeyblood) cumplieron, pero evidentemente no era lo mismo. Stuart Braithwaite, por su parte, acentuó su faceta de líder y vocalista y encadenó Party In The Dark y Take Me Somewhere Nice. El resultado fue decente, pero la sensación de que la banda, en ese registro de temas cantados más académicos y convencionales, no marca ningún tipo de diferencia resultó tan obvia como en disco.

Otra cosa es cuando todos se alinean en favor de las avalanchas sonoras, de esas ensoñadoras piezas de requiebros imposibles y torbellinos de decibelios. Crossing The Road Material fue el primer instante indudablemente especial de la actuación. Su obsesivo desarrollo y sus desatados guitarrazos elevaron la temperatura cuando más lo necesitaba y pedía la actuación. Hunted By A Freak, sin resultar del todo tan satisfactoria como su versión en su estudio, prosiguió con la mejoría, así como esa percutidora muralla sónica llamada Rano Pano, otro lance a rescatar. Fue entonces, justo después, cuando se detuvo el tiempo y asomó la canción que, directamente, justificó la experiencia entera:  Helicon, 1. Impecable, nítida y profundamente expansiva, la que probablemente sea la canción más conmovedora que está banda grabó en los 90’s edificó durante unos minutos el típico aura de fascinación que distingue los puntos álgidos de los conciertos de esta escena. Probablamente nada sonó tan soberbio desde entonces, pero la inflexión fue clara. Todo pareció resultar más convincente y disfrutable a partir de aquí.

La canción que titula el último disco, por ejemplo, y que llegó justo después, sonó con sensibilidad y poder de seducción. Old Poisons, tema guitarrero y muy continuista de otros de esquema similar en el pasado, no es ninguna proeza de originalidad, pero sonó con agradable intensidad y determinación. 2 Rights Make 1 Wrong y Friend Of The Night. esta última ya en el bis, encandilaron más por lo que son y representan, cimas compositivas absolutas de este grupo, que por sus interpretaciones, simplemente correctas, pero apeteció, una vez mas, oírlas e interiorizarlas. Así como la que eligieron para cerrar, la icónica Mogwai Fear Stan, y que fue ejecutada con su tensión habitual. El concierto acabó, pero la reconversión pareció cuajar ya definitivamente: con luces y sombras, los Mogwai más genuinos volvían ante nosotros. Confíemos, pues, que, en futuras experiencias, al mirar al escenario o escuchar su próximo disco, continúen delante.