Mark Lanegan y Swans curan las heridas del Primavera Club en Madrid

Foto: Mariano Regidor

En estos difíciles tiempos de recortes, opresiones e incertidumbres, de deprimente realidad, se antoja más necesaria que nunca la evasión. Y no existe un bálsamo más útil para despegar los pies del suelo y curar esas heridas que la música. La organización del Primavera Club hizo un encomiable esfuerzo para seguir proporcionando placer y alivio a los melómanos y diseñó un cartel de bandas más que atractivo en Barcelona y Madrid. Los conciertos se programaron en salas cerradas, con precios muy razonables. Hasta ahí todo perfecto, todo apuntaba a que este recomendable plan de antesala navideña no podría torcerse de ninguna manera. Pero el desastre del Madrid Arena, además de la tragedia humana en forma de heridos y fallecidos, obviamente lo más doloroso, está dejando una estela de daños colaterales, a medio camino entre lo despótico y lo absurdo, que contemplados en una película de los Hermanos Marx o en un sketch de Faemino Y Cansado tendrían un potencial humorístico abrumador. El problema es que son reales y no tienen ni pizca de gracia.

 

Así, el Ayuntamiento de la capital, en un alarde de empatía social y de profundo conocimiento del medio, decidió velar por la integridad física de los asistentes a este festival y evitar los más que probables estallidos de violencia hooligan que suelen acompañar a los conciertos de Antonia Font, Mark Lanegan o Los Planetas. Sus procedimientos para que la gente se sintiera segura y arropada por sus sensibles gobernantes incluian una cómica avalancha de furgones policiales vigilando las puertas de los recintos del Matadero, la imposición de mostrar el DNI para ser escrutado con linternas cada vez que entrabas a una sala y concienzudos cacheos para impedir la previsible y habitual entrada de navajas, puños americanos y revólveres. Pero la cosa no quedó ahí porque, sarcasmos fuera, y en lo que se ha convertido en la triste noticia para la inmensa mayoría de los asistentes, lo que ha deslucido o arruinado el Primavera Club a centenares de fans, lo que se ha erigido como uno de los mayores atropellos que ha sufrido el universo cultural de esta ciudad en mucho tiempo, es la drástica reducción de aforo de la Nave Terneras de 800 personas a 100, lo que dejaría fuera a la inmensa mayoría de personas que se habían comprado el abono. La organización del festival, absolutamente ajena a este desaguisado, y a la vez intuyendo la cólera y el abatimiento que esta medida podría provocar entre los fans, tuvo del detalle de ofrecer la posibilidad de devolver el dinero. Pero el margen de maniobra fue escaso, apenas un par de días, e incluso hubo quien no se enteró de este sainete, así que la marabunta de indignados que se vieron obligados a guardar cola para poder entrar con cuentagotas en la nave de la discordia fue la cara más triste del fin de semana. No faltaron escenas de crispación y de confusión, incluso algún pequeño enfrentamiento con los miembros de seguridad. Por suerte, como decíamos, el poder curativo de la música siempre acaba imponiéndose, o al menos aliviando los trances, y dos nombres lo compensaron todo o casi todo firmando sendas actuaciones portentosas e inolvidables: Mark Lanegan y Swans.

 

El viernes, los greñudos Toy, con su indie de atmósfera psicodélica y aliento turbio, ofrecieron un concierto bastante competente, con tantas visibles influencias como temas resultones y efectivos sobre las tablas. Dead And Gone, tema emblema de su álbum de debut, fue seguramente el más acertado. En los primeros compases de tarde también cabe destacar la actuación de Antonia Font, en la inefable nave. La estampa era esperpéntica: un recinto suficientemente amplio para albergar a las 800 personas inicialmente previstas, absolutamente desangelado con un centenar de asistentes desperdigados en sillas en el tercio más cercano al escenario. Las dos terceras partes restantes, vacías, si excluimos la mesa de mezclas y la barra de bebidas. Más que un concierto de pop eso parecía cualquier rincón del Museo del Prado en un día laborable. Se podría haber jugado un partido de fútbol allí dentro, con regates, internadas por banda y centros a la olla. En fin, la banda mallorquina, que hace unos años despachó un notabilísimo disco llamado Alegría, pareció contagiarse de la frialdad y ofreció un concierto un poco tibio y ligero, algo decepcionante, algo lejos también del tono envolvente y sugerente de sus discos en estudio. No era el mejor entorno para disfrutarles, desde luego.

 

Deerhoof, a continuación, y ya de vuelta a la más grande y accesible Nave 16, elevaron la temperatura con uno de los conciertos más enloquecidos y intempestivos de la jornada. Es un grupo algo pintoresco, con un cierto exotismo estético, un nombre propio de delantero centro alemán y más actitud y sangre en las venas que talento compositivo, lo cual no es suficiente para alcanzar la gloria, pero sí para agitar al público y dejar un buen sabor de boca en un festival de estas características. Y lo hicieron, sin duda, explotando la baza de su carismática y comunicativa Satomi Matsuzaki, que fue un torrente de energía y de ímpetu de principio a fin de la actuación. Panda Panda Panda fue uno de los momentos más llamativos de todo el show, una canción llena de frescura. Desvanecido el humo de esta explosión de colores y hardcore, lo que asomó a continuación no podía ser más opuesto. Un tipo adusto, hosco, distante, tal vez no muy apasionado y visceral, pero con una capacidad para componer canciones inmortales que tiene poquísimos rivales en los últimos veinte años. Se encuenta en plena forma, además, con Blues Funeral, uno de los discos del año. Hablamos, naturalmente, de Mark Lanegan. Se pueden encontrar lunares en la puesta en escena de este hombre, tal vez su solemnidad e hieratismo raye a veces en la frialdad. Sus repertorios, además, son francamente mejorables y el constante ninguneo al que somete a sus tres primeras obras resulta sangrante. En este caso puntual cabría añadir que en algunas canciones la muralla de efectos y bases deslució algo sus estrofas, pero su fantasmagórica voz es tan estremecedora que resulta imposible evitar la hipnosis. Así, desde la inicial Gravedigger’s Song hasta ese curioso acercamiento al Tom Waits más experimental con el que cerró la velada llamado Metamphetamine Blues, el ex líder de Screaming Trees, con su aura de atormentado enterrador, ofreció un intenso y atmosférico concierto. Se le vio especialmente a gusto en sus interpretaciones más contundentes y guitarreras, como Quiver Syndrome, Riot In My House, Black Rose Way de su antigua banda y Hanging Tree, canción de Queens Of Stone Age donde él sirve su sepulcral voz. Tampoco escasearon sus habituales exhibiciones en lances más íntimos (emocionantísima One Way Street), pero viéndole lidiar con tanta seguridad en su registro más rockero es inevitable fantasear con una reunión de los inolvidables Screaming Trees. Por el momento todo apunta a que se quedará en eso, en ingenua ensoñación.

 

No parecía sencillo que alguien pudiera desbancar al tétrico músico de Seattle del honorífico primer puesto del viernes, de la misma manera que tampoco resultó sencillo adentrarse en la sala y muchos asistentes debieron ver los primeros minutos de actuación a través de unas rejas desde la lejanía, pero Swans confirmaron las expectativas de muchos, disiparon las dudas de otros tantos, y cuajaron no sólo el mejor concierto de todo el festival, sino una de las exhibiciones musicales más atronadoras, salvajes y desgarradas que se recuerdan en esta ciudad en mucho tiempo. Ya a la entrada, y a modo de advertencia, repartieron tapones para los oídos. Es bastante probable que no exista en el mundo un grupo que azote, confunda e incomode al oyente con tanto magnetismo como esta veterana banda de post punk, o tal vez de post rock, qué más da si lo suyo es reventar etiquetas, tímpanos y convenciones. Es difícil encontrar una banda sonora más propicia para dar la bienvenida al fin del mundo que The Seer, su arisco e impenetrable último disco. Una obra, por otra parte, que al lado de las demenciales interpretaciones en vivo de este grupo parece un disco de Piano Magic. Porque si bien uno puede encontrar momentos de dispersión en el citado disco, o incluso ciertos remansos de paz como Song For A Warrior, Michael Gira no tuvo ningún atisbo de clemencia con el respetable y no protagonizó un concierto al uso, sino una invocación del demonio en toda regla. Desbocado, en continuo trance, dando obsesivos saltos sobre el escenario como una especie de Neil Young enajenado y poseído por el mal, Gira lideró un espectáculo tan ensordecedor como fascinante. Resultaba difícil discernir cuándo empezaba una canción, si es que en el catálogo de abrasiones sonoras e instrumentales que componen la discografía de este grupo tiene sentido un término así, y terminaba otra, pero pocas veces han importado menos esos matices. Sonó To Be Kind, sonó Avatar, sonó Coward, también los alaridos, rayos y centellas de The Seer, alucinógena canción de media hora que bautiza al disco, pero la hererogeneidad fue tan absoluta, la sensación de larga y prolongada catarsis tan obvia, que no tiene sentido destacar ningún momento puntual, sino aplaudir de cabo a rabo esta insólita liturgia. El concierto se coció a fuego lento, sin prisas, con desarrollos instrumentales y subidones de intensidad que tenían tanto de terrorífico como de fascinante; con pasajes enfermos, lunáticos, repetidos hasta el éxtasis, apelando al masoquista que todos llevamos dentro. Gira lo escenificó a la perfección en un momento dado, soltando escupitajos hacia arriba que aterrizaban en su cara mientras el batería con look de vikingo aporreaba el gong como si le fuera la vida en ello, cosa que bien pudiera ser, visto lo visto. El lance en el que comenzó a vociferar “¡¡¡Liberté, égalité, fraternité!!!” mientras hacía el gesto de cortarse el cuello para, acto seguido, clamar en grotesco castellano… “¡¡¡¡Sangreeeeee, sangre de dios!!!!!” también fue un dechado de romanticismo y dulzura. En fin, un concierto apotéosico, un concierto muy útil para todo aquél con ganas de sacar las entrañas a alguien y necesite liberar esos impulsos. El concierto del festival, en definitiva. The Vaccines, la enésima promesa británica, aunque entusiasmaron a sus fans con sus eficaces Blow It Up o If You Wanna, entre otras, poco pudieron hacer en el cierre de este primera jornada para ni siquiera hacer sombra a este vendaval del infierno llamado Swans.