Love Is Back: Cuando el amor moviliza a artistas y a público

¿Se puede medir el cariño? Hablamos de un concepto, el amor, no tan sólo incontable, sino inasible, en ocasiones intangible, escurridizo. Pero en este caso, podemos atrevernos con algunos datos: Love is Back, un jueves en medio de una crisis galopante, con el peso asfixiante del ivazo, la apatía y la desesperación campando por la ciudad en forma de ordenanzas municipales y miseria, registra un sold out espectacular en la sala Apolo: 1.200 personas que decidieron invertir 12,80 euros para contribuir a la operación de espalda de Louis Samson: 23.800 euros, que también se han ido recaudando mediante donaciones.

Otro dato, pero este más metafórico e intuitivo: una hora antes de que Bedroom inaugurase el minifestival con Cançó de l’alba, ya se preveía en el ambiente que la noche iba a ser especial, única, ¿mágica? Sí, digámoslo claramente: mágica. Un adjetivo que, despojado de la parafernalia fantástica, se ajusta a la perfección a la configuración anímica que confluyó en la sala, y que fluyó, de ida y vuelta, del escenario a la pista y viceversa.

Louise habló poco. Cuando salió a colaborar con Bedroom nos emplazó al final de la noche para su discurso de agradecimiento. Al final, achuchada por el tiempo, que hizo que los últimos grupos apremiasen sus actuaciones antes de la traca final de MishimaZa!, se saltó el discurso y tiró de improvisación visceral. Y si la noche fue propicia para ovaciones (destacaría aquí a Seward, inconmensurables en esa apuesta de rhythm & blues deconstruido; Silvia Pérez Cruz, desgarro flamenco, acompañada a la guitarra por los zarpazos escalofriantes de la guitarra de Refree; el desparpajo genial del supergrupo formado por Joan Colomo, El Petit de Cal Eril Mau Boada atreviéndose con todo, versiones e instrumentos por partes iguales; ese Adelante, Bonaparte, que en acústico con Enric Montefusco Ricky Faulkner demuestra haber trascendido al tiempo y el espacio; el loop lisérgico de la presentación de MishimaZa!), la que le brindaron a la cantante de Anímic difícilmente se volverá a oír en la Apolo, por lo emocionante, por su significado. Porque, como señala Rubén Izquierdo en Shook Down, Louise estaba recogiendo el amor que ha sembrado en la escena musical del país.

A pesar del intento de dotar a la gala de dinamismo (el cartel era apabullante, y el tiempo, apenas cuatro horas, muy reducido), fue inevitable que se fuese acelerando a medida que corría el reloj. Del dulce tono pausado de Maria Rodés, que ya salió a colaborar con Bedroom Anímic en la primera colaboración de la jornada, y del momento en el que Anímic disfrutó de su momento estrenando un par de canciones de su próximo disco, previsto para noviembre, tras el paso del ecuador, a Refree se le quedó la actuación en una canción, al igual que la de Ferran Palau en solitario. Los músicos casi se tropezaban en el escenario, aunque si no les daba tiempo, ¿qué importaba? Sonrisas, abrazos, préstamos de instrumentos, colaboraciones; si algo salía mal, ya estaban Colomo Pons para reírse y hacernos reír.

Pero no quisiera cerrar una crónica tan genérica sin mencionar los momentos más deliciosos de la gala benéfica: Seward puso el listón muy, muy alto, por entrega, por actitud y por originalidad; pocos entienden la refundación del folk como ellos, por muchos Mumford & Sons que nos vendan; Silvia Pérez CruzRefree forjaron la colaboración más emotiva de la noche, consiguiendo el silencio respetuoso del público bullicioso primero, y la unanimidad de la ovación. Y qué decir del medley que se marcó el supergrupo de David Carabén y el dúo Za!: alto voltaje eléctrico y rítmico, en el que acabaron en un batiburrillo, cual batidora demencial, Qui n’ha begut con Every Breath You Take y, sí, el Boys de Sabrina.

Ah, el amor, ese sentimiento tan polivalente que moviliza a lo más destacado de la música catalana para darle una espalda nueva a Louise, y que nos hizo olvidar que ese día, vaya, casualmente también era san Valentín.