Los Brazos, cumpliendo con el ritual

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Hay una vieja historia que suele circular por los garitos de la ría de Bilbao. Durante años, la parroquia musiquera de la ciudad estuvo partida en dos. En la margen derecha florecía el pop y el ruido, los grupos adheridos al llamado Getxo Sound, la vanguardia asociada a la etiqueta maldita del indi. Por contra, al otro lado de la ría mandaba el arte de lo políticamente incorrecto, el rock contestatario y la lengua afilada, lo radical como denuncia de lo cotidiano. Dos maneras de entender la catarsis social que se traducían en dos realidades musicales encontradas.

Puede que aquella separación (contada con mimo en el documental 160 metros: una historia del rock en Bizkaia) se disolviera con la construcción del Guggenheim, la reconversión de los Altos Hornos y la universalización del fenómeno independiente en el terreno musical. Puede que buena parte de la nueva hornada de grupos de la capital vizcaína ni siquiera conozca esta historia. Sin embargo, casi como un vestigio, siguen apareciendo trazas de aquella lucha en la banda sonora de la ría bilbaína. Esto es, la garganta cazallera y las guitarras generosas, el matrimonio imposible entre el riesgo y la fórmula pop, el norte y la mar, el definitivo carácter festivo y social de la música.

Todo este preludio viene a que no sabemos muy bien dónde estaban los miembros de Los Brazos durante aquellos años. Probablemente eran una panda de imberbes jugando al fútbol en la campa que estaba frente a su casa. Sin embargo su música mantiene con orgullo la denominación de origen vizcaína. Aunque se atrevan a componer una canción en la que se mofan del acento local, aunque a ratos quieran soñar con deslizarse por el sur norteamericano a ritmo del Free Bird de los Lynyrd Skynyrd; lo suyo es rock por la vía directa, jolgorio en la sala y alaridos eléctricos. Coquetean con la canción redonda, sobre todo cuando recurren a los cortes de su segundo disco, pero siempre encuentran la manera de regresar a los cánones de la tonada guitarrera.

El viernes en la madrileña Sala Boite cumplieron de sobra con el ritual. Hubo desbarres etílicos y alzamiento de cervezas. Canciones con épica y declaraciones de amistad eterna. Cuando el trío echaba mano de su repertorio más añejo, había quien cantaba desde abajo para demostrar galones y fidelidad. La sala subía de temperatura con las canciones de Gas, su tercer disco, aunque no bajaba los brazos cuando se acercaba el momento dulce y distendido de la velada. Tales, con su armadura blues, invitaba a comentar la jugada con el compañero de al lado, a pasar por la barra para tomarse un receso. Rain, lo más parecido a una golosina pop que la banda ha compuesto nunca, a abrazar a tu novia, a tu amigo o aquel tipo que acababas de conocer en los baños del garito.

La baraja se abría con Not My Kind. Jubilosa como una fiesta de pueblo, su traqueteo country sirvió de excusa para mostrar todo el repertorio de muecas. La guitarra en forma de metralleta y el tarareo castizo con ayuda del público; las carantoñas entre el bajista y el cantante; un amago de crowdsurfing y la mitad de la sala siguiendo la melodía con sus guitarras imaginarias. Esto es rock y tampoco podía faltar la versión de un clásico (el Baby, Please Don’t Go de los Them, en este caso), el ritual de pedir una canción más, el twist a lo Chuck Berry, el boogie a lo ZZ Top y aquel superviviente del mítico concierto de los Rolling en el Calderón que meneaba la cabeza como si volviese a tener 25 años. Viejas glorias, nuevos consumidores de esta droga llamada música, matrimonios en búsqueda de la chispa y, sobre todo, una banda agradecida que, al acabar con su concierto, recogió sus bartulos de vuelta a ese Bilbao que tantas buenas noches nos ha dado.