LAPIDO: Canciones para la resistencia

20 de febrero de 2014.
Teatro Lara (Madrid).
Ciclo Son Estrella Galicia.

 

Cuando el público del Teatro Lara despidió con una ovación en pie a Lapido tras 25 canciones, incluidos 7 bises en dos tandas (!), la anomalía de este inigualable músico quedó al descubierto. José Ignacio Lapido es una rareza necesaria, un camino extraviado, una salida de emergencia. Un músico que al margen de corrientes y modas, de éxitos de revista y listas de ventas, permanece a pie de cañón, sin titubeos, sin alardes, haciendo arte desde la resistencia. Su extraordinaria trayectoria es coherente hasta el desmayo: tanto en los fabulosos 091 como en su impecable carrera en solitario no tiene ni un solo disco malo, ni siquiera regular. Lapido planta la mitad de su alma en el rock castizo de Burning, y la otra mitad en la tradición norteamericana de, pongamos, un Jackson Browne. El ahora mediático Quique González le debe más que un par de canciones al granadino. Eso por no mencionar las letras de un escritor sin par, dueño de una pluma sutil, ingeniosa, delicada, que es romántica hasta el dolor, cariñosa en la tristeza, un consuelo para la soledad. Sin duda, Lapido tiene en sus patillas más talento que la mayoría de compositores de este país en su cerebro.

Para su presentación en formato semiacústico, no pudo tener un escenario más apropiado. Los conciertos en el Teatro Lara tienen una ceremonia particular, un ritual propicio. El público entra y se toma una cerveza, no dentro, sino en el vestíbulo, entre las columnas, con la música baja, y ahí se forman corrillos de charla. Luego suena el timbre, como en el colegio, acaba el recreo y la gente busca su asiento dentro de un teatro de los que ya no existen: de butacas pequeñas y todos muy juntos, palcos en los laterales, adornos de lo más barroco y atmósfera de expectación. Después se apaga la luz, callan los últimos murmullos y comienza la función.

Un susurro del Hammond, casi avergonzado por romper el silencio, presentó “No queda nada en la ciudad” y Lapido comenzó con su voz rasgada, tan emocionante, tan sincera, su despliegue de personajes insólitos: una Cenicienta que se deja abierto el gas, aparcacoches que deliran, aceras que sueñan con llegar al mar. Luego escogió la deliciosa “Nada malo”, todo un brindis al amor como salvación. La noche iba de confesiones y recuerdos, y ahí destacaron “El carrusel abandonado” o “Desvaríos”.

El ambiente íntimo le sentó de lujo a Lapido. Así evitó las canciones más rítmicas de su repertorio, aunque con excepciones tan vitalistas como “La antesala del dolor” o los deseos de “Tiros” (“Hemos conjugado el verbo perder/ ahora haremos un poco de ruido”). Pero no, no era la noche del Lapido roquero sino del que juega y gana en las distancias cortas, todo hay que decirlo, gracias a su intachable banda. Raúl Bernal estuvo magistral al piano y al Hammond, y Víctor Sánchez probó con éxito todas y cada una de las posibilidades de sus numerosas guitarras. Los dos se aliaron de maravilla para darle un aroma sensacional y puramente americano a “No hay vuelta atrás” (mención especial para el juguetón piano de Bernal).

Ser Lapido también tiene ventajas incuestionables. El partido está tan ganado de antemano, tan fiel es su público, que se puede permitir el lujo de recuperar canciones de hace muchísimo tiempo y sus seguidores aún le aplauden más. Claro que si una de las elegidas es “La noche que la luna salió tarde” de 091, la emoción y las palmas están justificadas. Más misteriosa, gracias a la percusión de Popi, sonó “Antes de morir de pena”, otro asombroso himno para perdedores tan característico de Lapido. La lucha entre derrota y esperanza es una constante en su obra: el sentimiento de los que han perdido hasta el aliento y pese a todo (y pese a todos) se levantan de nuevo. No es fácil cantar “Tomaremos el fracaso como punto de partida/ y el amor como dogma de fe” y seguir mirando hacia adelante (admirable, como siempre, “Cuando el ángel decida volver”).

En el final, “Algo me aleja de ti” mostró al Lapido más expresivo, si cabe, más intérprete. Los bises culminaron la escalada. Con “Sigue estando dios de nuestro lado” de 091, se quedó solo con su guitarra, arrastrando con lentitud esos versos pesimistas (“Se hacen apuestas/ ¿las cosas pueden ir peor?”). Y remató brillantemente la jugada con “En el ángulo muerto” y “La hora de los lamentos”. La gente pedía más (¡le decían a Lapido que no mirara el reloj!), pero no pudo ser. Ya en la calle, los espectadores satisfechos andábamos con la frente más alta, la mirada más brillante y el corazón más animado gracias a la esperanza que infunden las canciones de un tipo que “lleva siglos siendo equilibrista”, pero que no ha caído ni caerá.