La Plaça Odissea (Viernes): Festival gratuito, festival de bolsillo

MANOS DE TOPO

Fecha: 11 de mayo del 2012

Lugar: Plaça Odissea (Barcelona)

Foto: Maremagnum

 

Dislocación espacial

Entras a un centro comercial, con todo lo que ello implica: esa pátina de irrealidad consumista en el mármol pulido y las sonrisas profidén en máscaras de hastío, al final de la Rambla donde alguna vez paseó la Negra Flor y hoy sufre de falta de personalidad. Atraviesas y, entre el Moll de la Fusta, Imax, Maremàgnum y el Mediterráneo, una plaza “de paso”, una de esas obras públicas con el marchamo del diseño Barcelona e hijas de la burbuja intenta adquirir una personalidad más creíble, un mini Primavera Sound que se haga un hueco ante la (sobre)oferta festivalera de la ciudad y del país.

 

Pero cuando uno se asoma al balcón del primer piso del Maremàgnum, ve un espacio igual de aséptico e impersonal que cualquier otra plaza de un mal entendido diseño que en realidad es servidumbre. El reflejo era la curiosa amalgama que se daba cita al última hora de la tarde: mucho turista en las terrazas, caminantes curiosos, y pocos, muy pocos asistentes al primer grupo de la tarde. Como si un trocito de Fòrum se hubiese colado por una rendija espacial y se hubiese llevado a los cuatro despistados del escenario Adidas: de ahí los alcorques con forma de huevo de Alien que jalonaban el lugar, suponemos.

 

Bisoñez garajera

Y ante un público aún escaso, amodorrado bajo el cálido sol poniente, a los mallorquines The Last Dandies les tocó la tarea de revelar quiénes habían acudido por la música y quiénes eran turistas urbanitas que cayeron por ahí por mera curiosidad. Al final, ni una cosa ni otra. Si bien competentes y correctos en lo musical, con un garaje lo-fi que no descubre nada nuevo, la interacción era más bien escasa; y en los pocos momentos en que Toni Cobretti se dirigía al público, su humor entre cohibido y huraño apenas rascó alguna sonrisa y murmullos de incomodidad. Nada que la experiencia, algo que les deseamos (un largo y próspero futuro de bolos) no lime y haga de sus directos una experiencia divertida a ambos lados del proscenio.

 

Un xilofón, una tabla de planchar, una metáfora dolorosa

Que cada vez más gente se declare devota del peculiar mundo cómicotrágico de los chicos de Miguel Ángel Blanca no ha hecho que Manos de Topo se confíe. Aunque tanta es la facilidad y la espontaneidad con la que establecen la relación con el público que parece como si estuviéramos tomando cañas con un viejo amigo que nos pone al día de amoríos, traiciones y desengaños, en una de aquellas jornadas que acaban grabándose indelebles en la memoria.

 

Y con esa misma espontaneidad disponen su imaginario particular en escena. Manos de Topo rompen moldes, pero el histrionismo de Blanca no tiene nada de pose y sí de desgarro. El sarcasmo no inmuniza contra el dolor, sino que lo muestra desde una perspectiva racional que lo revela en toda su auténtica, catastrófica dimensión. La voz llorosa, el xilofón de juguete sobre una tabla de planchar, los casiotones, esa mezcla de cotidianidad camp no los hace menos dolorosos que unos Portishead, sino más concienzudos a la hora de diseccionar el mal de amores.

 

Sin embargo, Escapar con el anticiclón es mucho más recio y maduro, lírica y melódicamente. Quizá la mejor colección de canciones sobre los problemas de pareja que haya parido autor nacional en lo que va de siglo, y sobre ella recayó gran parte del peso del repertorio, defendido con una solvencia exquisita, rematada por el magnífico trabajo al violín de Sara Fontán. Si la tabla de planchar es la metáfora de la cotidiano, la convicción con que ejecutaron un repertorio que supo a poco demostró que, efectivamente, Manos de Topo es un grupo muy serio. Eso sí, quizá no sean muy aptos para quien se le acaba de romper el corazón; o quizá sí, para darse cuenta de que no está solo en esto de la soledad.

 

Tensión sin resolver

El discurso de los madrileños Nudozurdo no difiere mucho de los Manos de Topo, solo que abordado desde el punto de vista de la rabia y la frustración. Dignos herederos de la tensión ambiental, deudora de los Joy Division más rabiosos y de los The Cure más oscuros, Nudozurdo huye de estridencias y aspavientos innecesarios. Su dolor es algo más fundamental, más íntimo, bien arraigado en las entrañas, y desde las entrañas brotan esas melodías hipnóticas, cimentadas en una de las secciones rítmicas más solventes y contundentes del país.

 

Con un magnífico respaldo, mucho más responsable de lo que pueda parecer de ese ambiente eléctrico, como de presa a punto de reventar, Leopoldo Mateos desgranó recriminaciones mordidas, contenidas, amargas, que hacían contener el aliento. Un repertorio donde, si se hechó a faltar el Prometo hacerte daño fue más por costumbre que por falta de intensidad. Mantuvieron al público cautivo en todo momento, algo que, dadas las circunstancias del lugar, parecía casi imposible; aunque, a aquellas horas, los turistas y los compradores ya habían huído del lugar.

 

Fiesta sin prejuicios

Con las estrellas en lo alto llegó la fiesta sin prejuicios. Como desprejuiciadas son las mezclas que los islandeses FM Belfast realizan de éxitos del indie-pop en su completamente alocada batidora electro-funk-clash. Cuatro tipos y una chica con pintas de nerds de películas de adolescentes de la factoría Disney de los setenta, tirantes, gafas de concha, que enseguida perdieron la compostura nórdica y acabaron en camiseta imperio (y, en el último tramo, en paños menores), botando y animando a un público que a esa hora ya se había consagrado al baile y a la diversión más nihilista. Porque sí, porque Killing in the Name a ritmo de electroclash pierde toda su carga política. Pero ¿qué importa, si antes te han destrozado las entrañas entre Manos de Topo y Nudozurdo? Era lo que el cuerpo pedía en la hora mágica de las brujas.

 

Aunque, si os habéis dado cuenta de que no he entrado a analizar la ejecución musical, era porque tampoco hay mucho que reseñar. El sampler echando humo, un percusionista loco que fue el primero que acabó en calzoncillos, y la pareja formada por Lóa y Árni desgañitándose para sonar por encima de los subwoofers. Nada más (y nada menos) que sana diversión.