La leyenda sigue viva. The Cure triunfa en Barcelona

the cure

La última vez que la banda de Robert Smith visitó la capital catalana, fue en 2012 dentro del Primavera Sound, donde ya demostró seguir en plena forma con un concierto de unas 3 horas. Esta vez, no presentaban ningún disco, estaban de visita debido a la celebración de su 40 aniversario. Pero se pudo vivir unas sensaciones muy similares a las de aquel 2012: 32 canciones en total, unas 3 horas de concierto. Los años pueden pasar para el cuerpo, pero el alma, las emociones, la voz y el talento permanecen en The Cure de la misma forma que cuando publicaron su primer álbum, Three Imaginary Boys, en el 1979.

Las primeras notas de la noche las pusieron The Twilight Sad, una actuación notable con la que los asistentes empezaron a calentar los motores y entrar en esta aureola oscura que caracteriza alguna de las etapas de The Cure. Faltaba poco para el inicio del concierto, y el Palau Sant Jordi apenas lucía la mitad de lleno. Por suerte fue solo un espejismo, cuando se cerraron las luces a las 21:00 (la puntualidad británica nunca falla), de golpe todo el estadio se llenó completamente, y cinco siluetas entraron en el escenario.

Robert Smith, con toda humildad y como si fuese su primer concierto, entró saludando, sonriendo, y con la calma que siempre le ha caracterizado. Junto a él, Simon Gallup, bajista de la banda desde 1979 (con un pequeño parón en medio), fue el alma en movimiento del directo, llenando todo el escenario con sus bailes y rodillas inmortales. A la guitarra, Reeves Gabrels, quien había sido guitarrista del mismísimo David Bowie; Roger O’Donell en un teclado que hacia emocionar cada vez que avisaba de la llegada del Disintegration; y la batería la cubría Jason Cooper. Aún no habían empezado a tocar, se estaban colocando los instrumentos, pero el corazón ya latía a mil. ¿Qué nos habrían preparado esta vez?

Abrieron el concierto con un tema muy oportuno, Open, primera canción de su Wish (1992) y siguieron con un repertorio que iría repasando varios temas de su extensa discografía. En este primer bloque se centraron especialmente en su faceta más post-punk tocando hasta 6 temas del The Head on The Door (1985). Un cambio de ritmo y de mood en el público cuando empezó a sonar The Walk, toda la gente se levantó y empezó a bailar, y la fiesta no paró con In Between Days, aquí del baile se pasa a los saltos y se empezaron a oír los primeros coros de la noche. Era la sexta canción pero la cosa ya se animaba.

Poco después empezó a coger protagonismo con Pictures of You, uno de los momentos más bonitos de la velada, el brillante Disintegration (1988) estaba empezando a acechar por la esquina y la gente lo notó. Los coros pasaron a ser voces cantantes y la gallina de piel se hacía una característica comuna entre los asistentes del Palau Sant Jordi. Y, sin dejar tiempo a que la emoción se fuese volando, Robert Smith sacó su guitarra española y tocó uno de esos temas que son siempre fijos en España, The Blood, con un toque flamenco para hacerlo más autóctono.

A continuación hicimos un viaje a sus inicios, con el tema que dio nombre a su primer disco, Three Imaginary Boys (1979) y volvimos a sacar brillo a la pista bailando con la frenética Primary. Después volvimos a los rincones oscuros de la banda, con una de sus gemas escondidas del post-punk, Charlotte Sometimes. Y, a continuación, llegó uno de los momentos cumbre de la noche: vuelve el Disintegration, y la brillante Lovesong empieza a sonar. Han pasado los años, pero la voz de Smith sigue emocionando como el primer día; pero que las lágrimas no os tapen la vista, ya que sin apenas acabar la canción, empieza Just Like Heaven, una de las canciones más queridas y conocidas de los fans de The Cure. Nadie se puede resistir a levantarse, y cantar, toda la fuerza del Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me (1986) se desata con este tema y ya nadie puede parar esta máquina nostálgica que se ha puesto en marcha.

Las últimas piezas de este primer bloque son el tour de force emocional de From the Edge of the Deep Green Sea, la oscura One Hundred Years con el solo de guitarra más épico de, posiblemente, toda la discografía de The Cure. Y, si habíamos empezado con el Open, ahora cerramos este bloque con End, también el tema que cierra su Wish. El grupo desaparece un momento del escenario, necesitan respirar, nosotros también.

El primer bis destacó por sus largos momentos instrumentales. Empezaron con uno de los temas que estrenaron al principio de esta gira, It Can Never Be The Same. Siguieron con la potente Burn, tema que formaba parte de la banda sonora de The Crow (1994). Aunque al público le convenció más las dos que vinieron a continuación, Play For Today y, especialmente, A Forest, uno de los temas más intensos de la banda y que uno nunca se cansa de escuchar. Si en el álbum ya es potente, en directo ese efecto se multiplica por cinco.

Otro break. Segundo bis, que se podría dividir en dos partes. La primera, aprovecharon y tocaron dos temas que no destacan por ser de los más conocidos de la banda, Shake Dog ShakeWrong Number. Pero en un concierto de tres horas, hay espacio para todas las canciones. Las dos que vinieron a continuación, ya marcaron que se acercaba la traca final y nos preparaba para empezar el viaje hasta el Olimpo de The Cure. La maravillosa Fascination Street, uno de los hits del Disintegration, y la brillante Never Enough fueron las encargadas de hacer subir la adrenalina y dar paso a lo que sería el último break, la última pausa antes de la tormenta de éxitos.

Ultimo bis. La traca final, la fábrica de baile y el momento apoteósico de la noche. No nos estamos por tontería, empezamos fuerte y detonamos la bomba con The Lovecats. El público sabe lo que está por venir y se desata la alegría histérica general. Se ve una telaraña en las pantallas del escenario, la gente grita, empieza a sonar el bajo de Lullaby, una de las indiscutibles joyas del rey Smith. Toda la emoción que contiene el tema se desata y nos va devorando lentamente. Nos tiene, The Cure nos ha comido y ya siempre seremos suyos.

Y para celebrar la unión de nuestras almas con la quinta dimensión de los británicos, suena Hot, Hot, Hot!!! y la gente se pierde en la pista de baile. Del baile nos vamos al trío emotivo más querido de la banda, el éxtasis de la noche ha llegado y, en él, cantamos sin parar Friday I’m In Love, Boys Don’t CryClose To Me. Y aquí es dónde uno se da cuenta de la magnificencia emocional de los The Cure, en el que no sabes si reír o llorar, estar triste o feliz, las contradicciones fluyen y se unen en una bajo el estandarte de Robert Smith. Y por si a alguien aún le quedaban energías, los británicos acaban el concierto (gran acierto) con Why Can’t I Be You?, uno de los temas más bailables y alegres de la banda, haciendo que uno recuerdo con una gran sonrisa el concierto.

Acaba, después de saludar la banda se va, pero Smith se queda despidiéndose de todo el mundo desde las diferentes partes del escenario. Posiblemente esta atención para sus fans, esta humildad como si fuese un artista nuevo, es uno de los principales atributos de uno de los iconos más queridos de estos últimos 40 años. Él se va, pero la leyenda persiste. Nos demuestra de nuevo que no se puede etiquetar su música, es mas que new wave, que post-punk, que pop, que gothic rock… Crearon su propio sonido, que sigue latiendo con mucha fuerza y influyendo en gran parte de los artistas contemporáneos. Posiblemente no tendremos muchas canciones nuevas de The Cure, pero han demostrado que su directo sigue igual de potente que siempre. Si vuelven, nosotros volveremos y nos emocionaremos de nuevo.