La emoción desnuda de Lapido

LAPIDO

Fecha: 11 de mayo de 2012

Lugar: Teatro Lara (Madrid)

Con los ecos aún recientes de los festejos del Atlético por las calles del centro de Madrid, solo un día después del éxtasis en torno a la fuente de Neptuno con la plantilla celebrando la Europa League ante su sufrida afición, el imprescindible José Ignacio Lapido hacía escala en la capital para ofrecer un concierto en el Teatro Lara, integrado en la gira acústica que ha programado este año. Quizá alguna otra actuación hubiera congregado a más asistentes, o hubiera despertado más pasiones, tal vez otro recital acapararía más portadas y focos, pero dudo que hubiera conectado tanto simbólicamente con la comentada celebración, con esos aficionados tan acostumbrados a los claroscuros, a vivir en una ligera nube de penumbra e incomprensión. La casualidad es hermosa. El Atlético es eso, una vida al filo, una imprevisible montaña de sucesos, una cierta tendencia al malditismo y la autodestrucción, y, en cierto modo, la música de Lapido tira por esos derroteros, por esos cantos agridulces al amor y la pérdida. No cuesta imaginar a muchos de los personajes que ha escrito este magnífico músico grandino enfundados en una camiseta rojiblanca.

 

Ya en sus tiempos de 091, nuestro protagonista descubrió lo que es vivir abocado a un vergonzoso e injusto segundo término. Otras bandas coétaneas bastante menos estimulantes se llevaban la gloria, mientras que ellos, autores de obras capitales del rock español como Tormentas Imaginarias o Todo Lo Que Vendrá Después, cada vez que querían grabar un disco poco menos que se topaban con un muro. Al final, tiraron la toalla y se disolvieron. Una absoluta tragedia que, por lo menos, no cortó el grifo creativo de su guitarrista y compositor, que a finales de los 90’s inició una carrera en solitario, inaugurada con Ladridos Del Perro Mágico y culminada momentáneamente con De Sombras Y Sueños. Una colección de obras que mira de tú a tú sin problemas a su trayectoria anterior con su banda. Y, después de tocar muchas veces durante los últimos años en formato eléctrico, con alguna actuación especialmente legendaria como la de la sala El Sol en 2008, en esta ocasión decidió desenchufar las guitarras y mostrar sus entrañas en recintos más íntimos, en teatros. Y la experiencia fue, una vez más, inolvidable y emocionante.

 

Ataviado con una camisa negra y un pantalón vaquero, y al filo de las once de la noche, Lapido inició la liturgia con No Sé Por Dónde Empezar, corte que inauguraba su notable Música Celestial. Destello irónico, indudablemente, porque el aplomo y la autoridad que volvió a exhibir el andaluz de principio a fin fue inenarrable. Es bastante probable que, con permiso de Nacho Vegas, este hombre pase por ser el músico español más brillante del momento, y desde luego que sus actuaciones en vivo no le desmerecen lo más mínimo. Cierto es que se añoró un poco de intensidad y de crudeza en ocasiones, circunstancia inevitable dado el formato, y que supuso el único pero de un concierto que, por lo demás, dejó varios momentos para el recuerdo, para situarlos en lo más alto de este año cuando 2012 agonice y tengamos que echar la vista atrás. La bellísima Por Sus Heridas, por ejemplo, que acometió en los primeros compases de actuación, sonó exquisita, inmejorable, con una emoción paranormal, con esa dignificación del perdedor y sublimación de la melancolía que tanto caracterizan a Lapido. Fue el primer momento cumbre. Otro fue En El Ángulo Muerto, una de las mejores canciones de su carrera y otra de las que mejor representan su actitud discreta y prudente, su habilidad para desenvolverse entre tinieblas.

 

El repertorio, en general, fue bastante equilibrado, a diferencia de visitas anteriores, centradas más en el disco que presentaba. Significativo y regocijante fue el rescate de Las Palabras Vuelvan Del Exilio, una de las canciones más inspiradas de su debut, y que supuso otro de los instantes más certeros de la velada. La obra de Lapido no es media docena de estribillos para corear dando saltos o con un mechero y toneladas de morralla, es muy regular, y en propuestas así es donde se ve la valía y el fondo de armario de un artista. Muchas de sus grandes hazañas no sonaron, no tocó Nadie Besa Al Perdedor, no tocó Ladridos Del Perro Mágico, no tocó Largo De Contar, no tocó Antes De Morir De Pena, porque prefirió algo más imprevisible, algo más orientado al fan, y salió absolutamente airoso. Humo, por ejemplo, fue un bonito rescate, pero no supo a demasiado ante la inmensidad de Cuando El Ángel Decida Volver o de El Carrusel Abandonado, otra lejana exquisitez que fue todo una sorpresa, y que encandiló con esa fragilidad y romanticismo que la hacen tan especial. Y a todo esto, de recibo es destacar el impecable trabajo de sus habituales acompañantes, Víctor Sánchez a las guitarras, Raúl Bernal con los teclados y Popi González percutiendo. Como el citado Nacho Vegas con Abraham Boba, Xel Pereda y compañía, Lapido lleva ya mucho tiempo con unos escuderos fijos, y la sensación de conjunción es aboluta. También la sensación de tigre enjaulado que transmitía el genial Víctor Sánchez, que se retorcía en su asiento reprimiendo su evidente deseo de levantarse y ejecutar riffs y punteos con su habitual pasión. Seguro que no le importará volver al formato eléctrico cuando Lapido lo considere oportuno.

 

La actuación, por lo demás, ya hacia el final, no decayó en ningún momento, y sobresalió con La Antesala Del Dolor, otra cumbre, otra canción que justifican la compra de un disco, otra maravilla. Tras un falso cierre, y ya en el bis, Lapido invitó a salir a Quique González para tocar En Medio De Ningún Lado, canción en la que ya el madrileño hace coros en estudio, y la inmortal Algo Me Aleja De Ti, uno de los momentos álgidos de Cartografía y que no es de extrañar que sedujera tanto en su momento al propio González, que la llegó a versionear. En este bis también irrumpió La Hora De Los Lamentos, donde hubiera sido bonito contar con la voz que pone en el álbum Miguel Ríos, y La Torre De La Vela, guiño a 091, y que fue merecidamente recibida con mucha devoción, con la devoción de los fans que saben que, mientras Lapido exista, ese legado no languidecerá jamás, que la música española hecha con honestidad y corazón no desaparecerá nunca.