Jon Spencer Blues Explosion: Elogio de la decadencia

Nunca confundas vulgaridad con decadencia. Si tienes dudas al respecto, no tienes más que pasarte por un concierto de Jon Spencer. Su traje de proxeneta venido a menos, sus inmensas gotas de sudor y su actitud punk son la definición más perfecta de lo que supone ser decadente. Ni más ni menos que tener la clase suficiente para intuir que en lo arcaico y en la zafiedad también existe un punto de sofisticación.

Con aires de haber pasado tiempos mejores, público y artista se prestan a despedir el ciclo Cultura Inquieta que ha dejado en Madrid un recuerdo y un cartel inmejorables. La estirpe de Jon Spencer aparece y el público recibe el primer impacto visual de lo que es ser una banda a la antigua. Sin concesiones y con un aire más complaciente consigo mismo que con el público, Jon va repartiendo carisma hasta que enamora al último de los asistentes. Sus escorzos punk nos rejuvenecen a todos hasta que prestamos atención a lo que sale de la guitarra de ese tipo de traje con aire adolescente.

Blues y punk procrean un hijo bastardo sobre el escenario de la Joy Eslava. Sus lamentos suelen molestar a los oídos más puristas de dos mundos contrapuestos pero fusionados por la creatividad de un guitarrista sin el bagaje de otros pero con ideas locas y geniales. El resultado es sutil e inquietante al mismo tiempo. Posee una embriagadora belleza que en algunos temas se convierte en algo artificial que chirría un poco. No obstante, los giros que da el concierto no te permiten reclamar más que otra canción más.

La presencia de una especie de modulador de frecuencia hace las delicias de Jon Spencer, demostrando ser feliz vulnerando las leyes no escritas sobre los géneros musicales que todos asumimos muy a nuestro pesar. Este juego demuestra que todo sobre el escenario se convierte en una huida hacia delante. Es imposible detenerse y tener una pausa sin un bajo y con dos guitarras desbocadas buscando su perdición.

El fabuloso trabajo de Russell Simins a la batería no ayuda a frenar el impetuoso ritmo de sus compañeros, pero le imprime una base dura y sucia que envuelve el producto de un halo furioso totalmente irresistible. Cosas de la decadencia. Una de sus normas es resistir con estilo y con apego a tus creencias las modas pasajeras.

Jon Spencer tiene una oscura personalidad necesaria para iluminar un género como el blues punk con más de 20 años de vigencia. El público le perdona todo a pesar de una escasa interacción consistente en un par de frases hechas y la coletilla ególatra Blues Explosion. Evidentemente, es parte del personaje que encarna Jon Spencer, como buen decadente que es. Durante los días previos a este intenso concierto hemos podido escucharle palabras modestas y honradas en los medios.

La banda se marcha después de una frenética hora de concierto. Los bises acaban siendo tan anárquicos como el propio grupo. Su duración de media hora corrige la brevedad insultante del directo. En línea progresiva los decibelios van subiendo a cada tema, que impactan sobre tu tímpano convertidos en himnos, coreados por un público tímido pero entusiasta y sobre todo, entregado. Tal como vino Jon se fue, sin hacer apenas concesiones. No las necesitó. Su música tiene una garra y una elegancia innatas que nos hace recordar que el punk también puede vestir de frac.