John Grant, el crooner superviviente, se exhibe en la presentación de Queen Of Denmark

JOHN GRANT

Demasiada presencia, demasiado aura, demasiada voz para acabar en las garras del olvido. John Grant ya formaba parte de esa estirpe de músicos elegidos que sobresalen sin demasiado esfuerzo sobre un escenario en su etapa con The Czars, como atestiguó su formidable concierto a comienzos de la pasada década teloneando a The Flaming Lips en Madrid, en la por aquel entonces llamada Sala Arena, donde resultaba imposible escapar a su influjo, a su fantasmagórica y rotunda estampa. La banda, emblema de lo que se conoce como dream pop o shoegaze, presentaba su muy recomendable Beautiful People Vs. Ugly People y Grant, en aquella época consumido por frustaciones varias, trascendía notablemente el rol de telonero que le adjudicaba esa gira y actuaba, transmitía y convencía como un primer espada, como alguien destinado a perdurar y sobrevivir a coyunturas y etiquetas.
 
Afortunadamente, el curso de los acontecimientos, a menudo tan absurdo e ilógico, le ha acabado haciendo justicia y, en las postrimerías de 2011, John Grant es uno de los cantautores más aplaudidos del momento. The Czars ya son historia, sus angustias e inseguridades, que incluso le llevaron a querer suicidarse, parecen superadas y Queen Of Denmark, su debut en solitario, fue una de las grandes revelaciones a nivel crítico del año pasado. La prestigiosa publicación Mojo lo consideró el mejor álbum de 2010, incluso. Así las cosas, el anuncio de su vuelta a nuestro país supuso una gratísima noticia para los aficionados a los sonidos más lisérgicos e intimistas, para los amantes de la música sólida, atemporal y ajena a modas o ridículas complacencias comerciales. Y como era de esperar, nuestro protagonista, a su paso por Madrid, más concretamente en el Teatro Lara, no defraudó e hipnotizó a todos y cada uno de los embelesados asistentes con su pintoresco humor (“sois todos muy mamables”, su chiste favorito en castellano), su imponente figura, sus hechizantes y balsámicas letanías y su voz, sobre todo su voz, especialmente su voz. Algunos lo intuíamos, pero se confirma la sospecha: John Grant, ex kamizake, es uno de los mejores cantantes del mundo. De la guadaña a la gloria, del titubeo a la excelencia, en pocos años. La vida, a veces, quizá, puede ser maravillosa.
 
De impecable negro, y con una soltura comunicativa y un gracejo que no solía exhibir en sus días con The Czars, presumiblemente más turbulentos, John Grant firmó un concierto espléndido, solemne pero no petulante, instrospectivo pero no autocomplaciente. Sigourney Weaver, tras dos canciones iniciales que integrarán su inminente segundo álbum, fue la primera canción que acometió de Queen Of Denmark, y las sensaciones desprendidas en los primeros compases de la función se ratificaron: este hombre tiene una voz sobrenatural, portentosa. Así, a medio camino entre la subyugante cadencia arrastrada de un Nick Drake o un Mark Kozelez y el arrojo crooner de un Frank Sinatra, y con el ocasional acompañamiento de un músico que alternaba labores de pianista y teclista, el ex cantante de los Czars fue desgranando su repertorio y sublimando su garganta ante el estupor de la audiencia. A veces de pie, en ocasiones sentado al piano; en algunos temas solo; en otros bien respaldado. Pero siempre con el foco apuntándole y amándole.
 
Agudizando el espíritu crítico, cabría comentar que deslució bastante el arranque de la hermosísima Where Dreams Go To Die con un innecesario efecto de eco y que TC And Honeybear sonó sin el ángel que tiene en estudio, menos embriagadora. También resulta incómodo, y más en estos frívolos y asépticos tiempos de descargas, carpetas amarillas y discos multimedia, toparte con un maldito portátil iluminado emitiendo sonidos y atmósferas en mitad de un escenario en un concierto de esta naturaleza. Incómodo, y antiestético, cabría agregar. Pero en fin, lo que en una actuación más ramplona ensombrecería la percepción general, en una liturgia de este calibre son microscópicos lunares: las virtudes fueron muy superiores a los leves defectos. Su aclamado debut tuvo mucha presencia, como era de esperar, en el repertorio, pero no faltaron guiños a su pasado con los Czars, entre las que destacó Drug, una composición que ya presagiaba estilísticamente los derroteros de aterciopelada y regocijante desnudez musical que tomaría Grant. El momento cumbre de la velada, por último, sorprendió a medias. Fue el sublime y monumental encadenado de Queen Of Denmark, el excelso corte final del disco, y Fireflies, un tema aparentemente inédito y que no pasó la criba del debut. Era de prever que la interpretación a bocajarro de la canción titular encogiera las entrañas, es quizá la pieza más intensa que este hombre haya grabado jamás, pero descolocó muy positivamente que un presunto descarte tuviera un vuelo tan hermoso interpretado en vivo. Cosas de elegidos, suponemos.

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