Jace Everett: El sueño americano en Madrid

¿A qué sabe la victoria? Me imagino que tendrá un sabor siniestro y elegante. Hay quiénes tienen su regusto impregnado en el aliento. Representan a ese oscuro reducto de artistas que pueden imponer su criterio sin esfuerzo. Necesito comprobar cómo lo hacen.

Recorro el secarral urbano de una ciudad sin alma para encontrarme con un tipo con las llaves maléficas de eso que llaman éxito en sus manos. Su voz tiene un fuerte poder de convicción y su música embelesa mujeres de una manera que nos hace olvidar que ellas ganaron la guerra de sexos. Hoy quizás entienda cómo y por qué lograr el infame sueño americano. No lo deseo entender por vanidad o codicia, es simplemente pura curiosidad.

Encuentro luces y sombras en el Hard Rock Madrid: Un marco incomparable para un tío de Indiana a pesar de no ser una sala de conciertos al uso. No obstante, Festimad nos invita a la sala Skyline de la franquicia yanki para conocer las profundidades del famoso sueño americano. Rodeados por la Harley de Bono, un traje de Lennon o la guitarra de Johnny Winter se arremolinan expectantes 150 personas, ocupando al completo el aforo del habitáculo. Las conversaciones giran en torno a Bad Things y a True Blood. Ya nos vamos sintiendo más yankis pero seguimos sin creernos su política exterior.

El hoy dúo aparece tras ser presentado pomposamente por la organización. Ambos traen consigo las claves del sueño americano y se disponen a desgranarlas al modo sureño. Allí, la música sirve de unión entre lo onírico y lo real. A pesar de ello, el Sur de Indiana no es el que era. Ahora el setlist no se pega con cinta americana al suelo sino que aparece en la pantalla de un iPad desvencijado. Cosas de los tiempos, dicen los antiguos.

Jace se adjudica la acústica y deja el peso de la electricidad a su acompañante. Se le nota relajado y pide un whisky sin hielo. Coquetea con el público, presume de sonrisa y se da la bienvenida a España a sí mismo. Tras esta atípica puesta en escena, la naturalidad y el talento se enamoran en instantes de armoniosa inspiración. Comienza una retahíla de sinfonías sureñas herederas del Folk y el Country más puros, aunque Jace no es un hombre de un solo amor y enreda su música con Prince, Pop e incluso Funk.

Huele a pantano. La frontera no está lejos pero no la quieres cruzar. Estás en el Sur musical. Se trata de una polaridad especial que te seduce mediante oscuros destellos de maldad y chulería. Te sumerge en tus adentros, rebusca entre tu basura interior y transforma la maldad en lujo brillante y oscura sensualidad. Por ello, Jace cree conocer la manera de convencernos de las bondades del way of life yanki mediante su liturgia sureña.

No deja de mimar a su público, interactúa con él y se divierte a su costa. Las féminas presentes sienten la llamada del deseo y el ambiente se torna más seductor. Los acompañantes de esas féminas parecen perdidos en cavilaciones vinculadas con el post-concierto.

El entorno deslumbra por su decoración recargada y por los tremendos errores técnicos que arrancan las sonrisas de cantante y público. Las situaciones poco habituales suelen provocar directos inolvidables. Las discusiones a micro abierto entre Jace y el técnico de sonido amenizan un prometedor muestrario de Terra Rosa, un disco que contiene un pedacito sublime de Sur.

Un repaso a Drug aren getting it down, Big american o Lean into the wild entona a un público frío por momentos que poco a poco siente el calor incendiario de las letras de Jace Everett. Mientras, un cámara despistado derrama un vaso de agua sobre el terciopelo interior de la funda de guitarra del músico de Indiana. Una preciosa mujer le guiña un ojo y le advierte al cantante sobre el incidente. Jace le devuelve el guiño mientras pide otro Whiskey y se descojona del torpe operario. La complicidad entre la pareja se mantiene durante el concierto aunque desconocemos si llegaron a consumar el sueño americano aquella noche.

Al fin llega el momento que justifica el precio de la entrada. Los primeros acordes de Bad Things suenan extraños. Jace vuelve a imponer su ley y el técnico se desespera tratando de solucionar las deficiencias en el sonido del micro y la guitarra del letrista americano. Jace se cabrea pero su mente se disuelve en su propio ritmo maléfico. Reconoce no recordar la fecha en la que compuso su canción fetiche. Parece cansado de tocarla pero suena tan bien que enciende a la gente. Sonríe satisfecho. Su melodía de seducción ha cumplido las expectativas hormonales del público, que comienza a sentir ese cosquilleo llamado swing que solo posee la ancestral música del Sur. Es la eclosión del sueño americano.

One of them, The good life, Little Black dress y Autumn preceden a unos bises totalmente caóticos y desmadrados. La escasa coherencia escénica que podía tener el espectáculo salta por los aires tras la enésima discusión entre el técnico y el artista. Jace se muda de micro ante las sonrisas generalizadas para ganarse la ovación del público. Los problemas del cantante con el micrófono ya son parte del show. Se le empieza a ir la cabeza y hace un conato de bajar a la platea.

Regresa al escenario y se marcha al camerino. Cuando la gente se presta a desfilar, el portador del sueño reaparece por segunda vez. Se baja del escenario para improvisar una fiesta de granero en la que todo el mundo participa. La intimidad del momento despega el carisma de Jace hacia cotas insospechadas.

Seguimos sin tener muy claro cuál es el sueño americano aunque damos por sentado que tíos como Jace Everett hace tiempo que se lo han apropiado. Su descaro y magnetismo son capaces de imponer su ley en cualquier lugar del mundo. Quizás Madrid no sea el lugar apropiado para soñar en estos días pero me tranquiliza la chulería innata de Mr. Everett susurrando que lo único importante de los sueños es que no tienen importancia.