Inmersos en la burbuja sonora de Toy

El pasado jueves 3 de abril, una capa de nubes grises con tonos anaranjados cubría Barcelona. Nubes que habían teñido de marrón las aceras y que conferían al ambiente el preludio perfecto para calentar motores para un concierto de Toy. Ni hecho a propósito, su música dada de la mano con la climatología del día, ¿pudo ser más idóneo?

Llegó la hora del concierto y desde la entrada superior trasera del Razzmatazz nos dirigieron hacia la sala Lolita, más pequeña que la 2, donde originalmente iba a celebrarse. Un cambio probablemente debido a la menor venta de entradas pero que confirió un ambiente más familiar y concentrado al directo. Los madrileños Trajano! resultaron el aperitivo ideal para los británicos, calentando nuestros oídos a guitarrazos y distorsión de inspiración ochentera, jovencísimos pero efectivos en su propuesta, sintiéndose cómodos gracias al recogimiento del escenario y la proximidad del público.

Ya con la sala llena y mucha sensación de calor humano, aparecieron Toy sobre el escenario, sobrios y parcos en palabras, vestidos de negro y con iluminación escasa, acompañamiento buscado para la suave oscuridad de su propuesta. Dominic O’Dair y Tom Dougall a las guitarras, Maxim Barron al bajo y la española Alejandra Díaz a los teclados al frente en línea, símil del muro sonoro que empezaron a construir desde el primer minuto, un muro sonoro apoyado en la efectiva energía de la batería de un Charlie Salvidge que, aun estando casi escondido, quiso reivindicar su papel imprescindible en el conjunto en todo momento. Y fue con tal actitud con la que arrancaron el concierto, con esa Conductor instrumental que abre su segundo disco y parece estar compuesta para abrir sus directos.

Continuaron recuperando la canción que abre su debut, Colours Running Out, sonando más dura y oscura que su grabación en estudio, patrón que siguieron todas las que vinieron después. Trenzaron temas de sus dos discos como Too Far Gone To Know o Dead And Gone, intentando mostrar una homogeneidad entre ambos, aunque sea evidente que no es así por mucho que la deliciosa Endlessly nos los aproxime.

Vinieran de donde vinieran, fueron construyendo los temas a capas, poco a poco, hasta estallar muchos de ellos en un final apoteósico en el que se armaron auténticos festivales de distorsión y contundencia sonora que nos llevaron en muchos momentos al éxtasis colectivo, con nuestras cabezas moviéndose, nuestros ojos cerrados y todo nuestro cuerpo esclavo del ritmo y la instrumentación. Todo ello alcanzando su cénit en una Kopter que arrancó un largo aplauso por parte del público y más tarde en una también celebrada Left Myself Behind que, aunque su melodía resultó un tanto irreconocible al principio, tuvo un final a la altura.

Aunque la sensación general fue satisfactoria, cabe también destacar aquello en lo que cojearon. Y en esencia fue la voz de Tom. Una lástima porque él realmente lo intentó, se esforzó y mostró una concentración profunda, consciente de sus limitaciones. Ello hizo que, al dar descanso a la distorsión y explotar más la vertiente más pop de la banda de Brighton, el resultado sobre el escenario no acabara de funcionar al cien por cien. De este mal adolecieron especialmente It’s Been So Long y Fall Out Love, que sonaron un tanto imprecisas y faltas de espíritu. Aun así, en My Heart Skips A Beat estuvieron afortunados e inspirados y pudieron compensar lo anterior al hacerla sonar tan bonita y delicada como se merece, un verdadero soplo de aire fresco y un descanso para nuestros oídos antes de la ronda final, atacada con la contundente Motoring.

Toy son una banda que por mucho que desde que aparecieron se pretendiera hacer de ellos un hype y llenar con ellos los escenarios principales de los festivales, en realidad ni tienen ni nunca tendrán vocación de tal. Porque debemos asumir que es una banda hecha para llenar de sonido escenarios pequeños, que no busca gustar a todo el mundo. Prueba de ello fue la elección de una canción como Join The Dots como presentación de su segundo disco. Una canción sin estribillo, donde la carga instrumental lleva las riendas. Símbolo y seña del alma del grupo, de lo que quieren ser, de su lugar en el panorama musical.

Una canción que, sin lugar a dudas, fue el final ideal para la hora y veinte minutos de loca distorsión sonora, un tema que pone su largo tramo instrumental al servicio de la banda para que haga con ella lo que quiera, para acabar de enredar sus melenas, desgastar sus dedos entre las cuerdas, romper los músculos del brazo del batería, todos al unísono y quemando los últimos cartuchos de energía que sorprendentemente aún les quedaban, testimonio final de su juventud inagotable y prueba de que eso es lo que saben hacer mejor sobre un escenario.

Al terminar, despedirse y encenderse las luces, todos sentimos de repente como si hubiéramos salido de una burbuja sonora que no queríamos abandonar. Una burbuja con sonido alto pero no ensordecedor, que se coló por todos los poros, del que distinguimos con los ojos cerrados cada línea instrumental, la enérgica y batería por un lado, las dos guitarras por otro, el bajo a la par de nuestros instintos y el teclado intentando hacerse un lugar entre el ruido para darle un toque etéreo al conjunto.

En definitiva, una banda que no hará historia pero que, aunque le quedan aspectos a mejorar en directo, resultan plenamente disfrutables y proporcionan momentos musicales de auténtico éxtasis sonoro con sus delirios de distorsión. Ideales para dejarse llevar y perderse entre sus hilos.

 

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