Indie pop exquisito: Veronica Falls y la vocación por la canción perfecta

Imagen del concierto de Veronica Falls del 31 de enero del 2013 en la sala BeCool (Barcelona)

Veronica Falls destaca de otros grupos coetáneos por su aplomo, toda una cualidad si atendemos a su juventud. Su nuevo disco, Waiting for Something to Happen (Slumberland/Bella Union, 2013) supera al disco de debut en cuanto a seguridad y sobriedad: en él facturan trece gemas pop con el único objetivo de crear canciones redondas, sublimes, sin experimentaciones innecesarias, sin aspavientos ni poses vanguardistas. No hay trampa ni cartón en lo que hacen: busquen algo que chirríe, que no lo encontrarán; tienen ante sus ojos un disco cuyo resultado es mucho más que la suma de las partes que confluyen. Pop en toda su gloria.

Sobre el escenario vemos a cuatro jóvenes que tampoco sucumben al ansia de agradar, y eso teniendo en cuenta la presión de ser una banda mimada desde el primer single por medios como Pitchfork. Evidentemente, hits como Found Love in a Graveyard o su reciente single Teenage tienen un efecto de retroalimentación entre banda y público, y mientras este baila, aquel pisa ya sin miedo el motor de su maquinaria para darle esa pátina luminosa del pop, llámese twee, llámese shoegaze, llámese C86 o cualquier combinación de todas las anteriores, que a Veronica Falls tanto les da. Así, desembarazándose de constricciones absurdas, pero fieles a sus influencias (ahí resuenan los R.E.M. del Life’s Rich Pageant y los Velvet Underground de cualquier época).

Vistos en la corta distancia podemos descartar el hype cuya sospecha recae en los grupos nuevos, aunque hay que admitir que ese estar en el candelero de medios modernos hace que el público sea más indulgente con cualquier contratiempo, y ayudó a que Roxanne Clifford se conectase rápidamente tras los problemas técnicos que la asediaron en los primeros compases del concierto. Una conexión que, paradójicamente, le cuesta más al público que deambula de hype en hype.

Sabedores de que pocos iban a conocer las canciones del Waiting for Something to Happen, jugaron sus bazas a la perfección: una salida fulgurante con Right Side of my Brain y la pegajosa Beachy Head para dar paso a dos de las canciones más redondas de Waiting for…: My Heart Beats y la que da nombre al disco.

Tras superar con holgura esos problemas de sonido del principio, James Hoare presentó el primer single, “la canción que sabíais que, tarde o temprano, íbamos a tocar. Pues aquí está”. Found Love in a Graveyard, evidentemente. Majestuosa en su estructura narrativa, con su juego de tensión-melodía-tensión, no rindió tanta justicia a la conjunción del grupo como las brillantes My Heart Beats, Tell Me y If You Still Want Me. Seguramente porque, como comentaba más arriba, son composiciones de un grupo más maduro en todos los aspectos.

Veronica Falls demostraron, tanto en actitud como en la distribución del repertorio, un aplomo, sobriedad y profesionalidad poco habituales en grupos más avezados. Con un sonido mucho más pulido que en sus últimas visitas al FIB en el 2011 y al Primavera Sound el año pasado, su armonía tan cercana a los sesenta y el contraste entre las voces, dulce de Roxanne y áspera de James, evocan a atardeceres en la orilla de la playa, a amores imposibles, a otros amores malsanos y malditos, pero, sobre todo, destila un espíritu vital que rehúye la afectación de grupos más dados al melodrama.

Tras Teenage (el último single extraído del Waiting for Something to Happen) y Come On Over, los bises los cumplimentaron con su versión del Starry Eyes, de Roky Erickson, y otra de las canciones por descubrir de este segundo álbum, Buried Alive, sin echar mano del manido recurso de dejar la pirotecnia para la traca final: su talento de por sí ya es suficiente para acabar un concierto con lo que quieran y llevarse una ovación cerrada.

Al ser uno de los primeros conciertos de la gira y presentar un disco que sólo unos pocos habíamos escuchado, suponemos que ya en verano el rodaje habrá impulsado su directo a un gran nivel. El concierto en la sala BeCool gozó de la calidez y cercanía de sus reducidas dimensiones. Se echó un poco de menos una mayor implicación del público, en parte por la novedad, en parte por postureo, pero presagiamos que, en poco tiempo, oiremos cosas maravillosas de estos jóvenes. Tiempo al tiempo.