Imperfectos y entrañables Dropkick Murphys en Madrid

Seguro que muchos melómanos nostálgicos andan afrontando esta cuesta de enero y febrero con una sensación de incómodo e inesperado vacío tras el brillante nivel musical que deparó 2012, tanto en obras en estudio como en directo. Este arranque de año, por el momento, no parece presagiar un panorama tan excitante, pero obviamente, con un poco de tenacidad y esfuerzo, es posible encontrar luces en la penumbra. Así, uno de los nombres más atractivos, de largo, de estos primeros compases de 2013 hay que situarlo en la ciudad estadounidense de Boston. El grupo se llama Dropkick Murphys, acaban de editar su octavo álbum en estudio, el más que recomendable Signed And Sealed In Blood, y han hecho escala en nuestro país para presentarlo. Y si bien su concierto en La Riviera (Madrid) fue algo irregular, desde luego menos convincente que el álbum, los seguidores de bandas como Social Distortion o The Pogues que sufran de síndrome de abstinencia cometerían un error si continuaran ignorando a este interesantísimo grupo.

 

Para contextualizarles, y más allá de destacar que comenzaron a finales de los 90’s y que su popularidad, relativa, eclosionó cuando Martin Scorsese les incluyó en la banda sonora de Infiltrados, conviene aclarar que es la típica formación que vive instalada en un permanente debate a consecuencia de su evolución musical. Los fans más integristas, más hardcorianos, más puristas del punk no perdonan la paulatina suavización del sonido, la evidente adhesión que ha mostrado el grupo en los últimos años a estilos como el folk, el celta o incluso el pop-rock. Otros más tolerantes, y tal vez con mayor amplitud de miras y sentido del romanticismo, o quizá menos exigentes, agradecen este enriquecimiento estilístico, esta voluntad de incorporar sensibilidad y profundidad al repertorio. En cualquier caso, de su actuación se deduce que la intensidad y el vigor permanecen, que no tiene sentido sospechar del espíritu combativo de Al Barr y compañía, que las ejecuciones de los temas son viscerales, que los pogos y la incandescencia continúan presentes en las primeras filas de sus conciertos. El público de la capital, tan frío e insustancial en muchos shows de estas caractarísticas, estuvo magnífico, rebosante de entusiasmo, y aquí tampoco podríamos encontrar motivos para la desilusión. Lo que empañó algo la actuación, lo que la alejó de la brillantez, fue sin duda la abundancia de parones entre canción, la falta de ritmo. También un setlist francamente mejorable. Y por supuesto, la ausencia de los matices escénicos y vocales que aporta uno de los fundadores del grupo, el bajista y cantante ocasional Ken Casey.

 

Con todo, el concierto fue aceptable. Comenzó bien, con mucha pasión y decibelios, con las pletóricas The Boys Are Back y Burn, dos de los temás más incendiarios de su última obra. Tras unos primeros minutos muy enloquecidos, en el segundo tercio de concierto la cosa decayó un poco, una sensación de estancamiento y piloto automático flotó en el ambiente. Por fortuna, hubo un punto de inflexión cuando irrumpió en escena Frank Turner, que junto a La M.O.D.A. habían brindado con solvencia sendas actuaciones como teloneros. El ex cantante de Million Dead acometió la sensacional Rose Tatoo y, pese a que la sombra de Casey continuaba alargada, la función comenzó a ganar en detalles, en versatilidad. Así, en la recta final se concentraron casi todos los momentos cumbre de la velada, como I’m Shipping Up To Boston (el tema de Infiltrados), dos versiones muy rotundas de Irish Rover, canción popularizada por los propios Pogues, y TNT, de AC/DC. También la invasión de público, principalmente femenino, al escenario mientras Al Barr comenzaba a despedirse con la melancólica The End Of The Night. Un buen sabor de boca, en definitiva, y un buen estímulo, el de esta experiencia, para comenzar a depositar esperanzas en este recién iniciado 2013.