Imelda May: Una reina en su jardín

IMELDA MAY

En cualquier jardín siempre hay una rosa salvaje que somete al resto por su belleza y por su embriagador aroma a flor indomable. No necesita que nadie la nombre reina en su jardín. Ella conoce su poder de seducción ilimitado. En el jardín de los sueños de Madrid, esa flor se llama Imelda May.

Todo sucedió una noche calurosa de luna llena. Momentos de ensueño se cuecen en lugares así, cargados de belleza natural. La misma de la que presume la diva de las pin – up madrileñas. El volcán irlandés amenazaba sobre sus zapatos rojos y desde su ceñido vestido de leopardo en echar más picante a aquella sofocante noche en nuestro parque del Rock, el Jardín Botánico Alfonso XIII, en la ciudad universitaria de Madrid.

En el jardín de ensueño llamado MadGarden Fest todo es posible, desde comprar discos de la reina del Rockabilly a tomarse una hamburguesa de Kobe o encontrar alhajas de otros tiempos. Te sientes un poco perdido en ese bosque entre tanto impacto publicitario y una grada que saluda a la luna. Localizas el escenario y todo vuelve a la normalidad. Desfilan los veteranos acompañantes de la diva, las luces nos acompañan en el momento de esplendor de la presentación de Imelda ante su público. Sus andares la delatan. Lleva el Rock en su sangre y actúa de manera natural. Representa un legado y una manera de ver la vida. Un tesoro heredado de viejos mitos como Bo Diddley, Chuck Berry o April March. Ella consigue transportarte con tan solo un impacto visual a una verbena sureña cargada de ritmo de otra era con su cálida voz. Su búsqueda por el Rockabilly le ha llevado a ser una purista innovadora. Algo difícil de expresar y muy fácil de sentir.

La belleza de las pin-up de Madrid brilla entre el público que se sentía hechizado por el magnetismo de su diva. El flequillo de la irlandesa marca el son, el Rock se muta en mujer y ante nuestros ojos se despliega la más sensual de las melodías. Su corte celestial en forma de banda tiene las suficientes tablas como para acercarnos los juegos vocales, las insinuaciones sutiles y la fuerza interior de una irlandesa con alma negra. Los tupés en su honor se removían con sus must. Así, entre tupé y tatuajes se iban tejiendo confesiones, cariños y deseos entre una Imelda, agradecida por el desafío al mercurio de sus seguidores, y los presentes que nos dejábamos hipnotizar por la fuerza de una mujer al cuadrado. Un tornado con espíritu de corista que no se detiene ni ante Mayhem ni con Love Tatoo. El contrabajo y la trompeta nos alertan de la diversión que se avecina. Nadie la detiene, ni el calor ni un público a veces un tanto apático. Ella nos regala algunos temazos de su nuevo disco, Tribal, como la canción homónima o It´s good to be alive, con su alegato vitalista prendiendo el cielo del parque más cañero de la ciudad.

Imelda conoce a su público, tiene pausa y la utiliza de manera sublime. Su Gypsy in me con luces bajas, en aquel oasis verde en medio del calor en la ciudad, es un cortocircuito del alma. Un schock de dulzura que provoca una reconexión con su intérprete muy conmovedora. Pero el rock siempre termina por enseñar los colmillos y aullar a la luna llena. Así lo entiende nuestra diva irlandesa al entonar la versión más sensual de Spoonful, del dios del blues Howlin’ Wolf, toda una oportunidad para liberar tus instintos más primarios en el verano de Madrid.

Poco después comenzaron los bises con una puesta en escena impactante. El momento tiene su magia: Un corazón de mujer escupiendo ternura y su bajista sobre un contrabajo a modo de asiento rodeados del halo de una tenue luz interpretando la mítica About her, de Malcolm McLaren, a la mandolina. En ese instante, el aroma de la reina del rosal nos terminó de convencer de lo irresistible de su propuesta. La gente se viene arriba tras encadenar About Her y Johnny got a boom boom. Justo en su eclosión, llega el momento en que la fragancia de la rosa se va y solo deja el recuerdo de su intensa presencia. Así se fue ella, con la promesa de regresar a reinar en el jardín tatuado de Madrid y nosotros nos quedamos con ganas de agradecer a quien ha vuelto a poner sobre la mesa un género inmortal como el Rockabilly. Y lo ha hecho con mucho estilo, picardía y talento, coqueteando con el soul, el blues o el pop. La diva del Rock del siglo XXI ya tiene su propio jardín en Madrid esperando sus ritmos calientes para noches calientes como la de aquella velada en el Madgarden.