Greg Dulli afila su intimidad en Madrid

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Resulta complicado analizar el concierto de Greg Dulli en Madrid sin contextualizar la carrera de este hombre, sin dejarse llevar por la tendencia a comparar, a recordar. A su vez, también cuesta abstrarse de un dato tan evidente como descorazonador: la sala Barceló, ni de lejos, se llenó. La entrada que registró fue, de hecho, más bien discreta. En unos tiempos donde los aforos completos son relativamente habituales, donde las histerias colectivas entre la audiencia, algunas de ellas indescifrables, no son demasiado difíciles de propagar, fue duro detectar esta tibieza. Conviene recordar que hablamos del líder de Afghan Whigs, una de las bandas más fascinantes de los 90’s, y del artista que con más sutileza y talento, de largo, ha fusionado la intensidad del rock con la sensualidad de la música negra en estas tres últimas décadas. Llevaba casi un lustro sin pisar la capital, pero visto lo visto, estas credenciales no fueron suficientes y, aunque los fans de siempre allí se agolparon en las primeras filas, su aura maldita parece intacta, intocable. Dicho lo cual, y volvamos a las inevitables comparaciones, a las dolorosas perspectivas, Dulli estuvo lejos de proyectar su mejor versión, de cuajar una actuación sobresaliente, a la altura de su inmenso legado. Aunque, obviamente, se las arregló para contentar a la sala, para dejar su impecable firma, para cuajar un concierto disfrutable y erigirse por encima de la gran mayoría de todos aquellos grupos de histerias y sold outs que podamos tener en mente.

Tras un sugerente concierto acústico de Manuel Agnelli, líder de Afterhours, banda con la que el propio Dulli colaboró en el pasado, nuestro protagonista salió a escena para acometer If I We’re Going, corte inicial de aquella dolorosa obra maestra de Afghan Whigs llamada Gentlemen. Existían dudas sobre el formato y el tono de la actuación, y pronto se despejaron: el concierto sería con banda, violín incluído, pero acústico, desenchufado, y sin batería. Muchas canciones de su repertorio, tanto con el grupo de su vida como con Twilight Singers, interesante formación posterior con la que nos visitó en 2011, son perfectamente adaptables a ese estilo más desnudo, pero en claro detrimento del voltaje eléctrico y de la adrenalina emocional que distinguen al mejor Dulli, el que marca diferencias. Otros coetáneos, sin ir más lejos Mark Lanegan, con el que hace unos años formó el proyecto de Gutter Twins, lucen una eficacia y un fulgor muy similares navegando entre estas dos aguas, pero Dulli, sin incandescencia, sin desgarro, sin guitarrazos a la yugular y al corazón, es menos Dulli. Es tan desmesuradamente bueno que, por si alguien lo dudada, y pese a la limitación de la propuesta, ofreció filo, lo desplegó para regocijo de todos, especialmente en la segunda mitad de la actuación.

En los primeros compases destacó Bonnie Brae, de Twilight Singers, la banda de Dulli que más peso tuvo en el set list. Sus recientes exhibiciones escénicas con los reactivados Afghan Whigs hacían más llevadera esta circustancia, a la vez que comprensible. En cambio, fue sorprendente confirmar la escasa confianza que tiene Dulli en Amber Headlights, su único disco firmado en solitario, una pequeña pero absoluta exquisitez, y cuya defensa y reivindicación difícilmente podía encajar mejor en una gira como la actual. Al menos le agradecemos que recuperara esa deliciosa So Tight, momento de la velada donde se encendió la chispa y aquello comenzó a ganar en pasión, en poder de seducción. Su encadenado con Can Rova, Summer Kiss y Number Nine, además de otros lances acertados como Forty Dollars (mucho más natural y convincente que en estudio) y Teenage Wristband, dejó, pese a todo, pese a las expectativas que genera quien te da tanto, pese a la memoria masoquista, ganas de más, ganas de seguir mirando el escenario tras la despedida en espera de más bises, de seguir gozando hasta el alba con este incomparable genio. Su próxima cita, su mirada más inmediata, al parecer, apunta a Afghan Whigs. Si apelamos a los recuerdos, la ilusión es máxima y la gratitud, infinita.