Fuzz en Madrid: Dícese de un ruido Incontestable

Este lunes tuvimos un adelanto de lo que va a ser la temporada de conciertos de otoño en nuestro país, concretamente en Madrid, en la sala Ochoymedio, y por medio de Ty Segall, Charles Moothart y Chad Ubovich, componentes de Fuzz.

Los que no habíamos visto a este trío en directo podíamos pensar que el poderío y el carisma de Ty Segall recibiría todo el protagonismo, pero no es así en absoluto. Segall es el batería de la banda, y a pesar de ser evidentemente el más mediático -y por lo que nos ha llegado el más creativo y talentoso- su silla incómoda de la batería no es un trono, está ahí sudando la gota gorda como Ubovich o Moothart. Las florituras les sobran, los tres rockeros salen con aire cercano y confiado, Ty Segall lleva la cara pintada de blanco y no deja de sonreír, saludos en español y al lío.

Cuando uno va de prensa a un concierto suele buscar calificativos que adjudicar a lo que está presenciando, una serie de palabras que al lector le sean familiares y que pueda asociar con sensaciones que puede imaginarse haber vivido durante un directo. Las piensa, y si se fía de su subconsciente las deja ahí, y si no se fía de su memoria las apunta, pero aquí no hay opción, Fuzz no tardaron ni diez minutos en hacer a toda la sala saltar, mientras ya había publico surfeando, y eso que tampoco fue el mejor cconjunto de fans que un servidor haya visto en un concierto de esta clase.

En Madrid parece estar muy asimilado el debut homónimo de Fuzz, y cada vez que sonaba una melodía familiar la locura invadía la sala en forma de golpes y brincos. La química entre los miembros es indiscutible, no hay beneficio de la duda, si suena Raise, What’s in My Head, Loose Sutures o Sleigh Ride saben que cuentan con un arma de destrucción y la utilizan a conciencia, pero no sólo eso les sale perfecto, sino que el sonido de la propia sala estaba casi ideal (aunque quizá había demasiada luz) y acompañaba cada línea del bajo con la misma potencia y precisión que la seca batería o la incontrolable guitarra.

Es posible que algunas personas no se sientan cómodas con este agresivo stoner rock mezclado con punk y con todos los homenajes posibles a las bandas que comenzaron a hacer ruido hace 40 años. Pero como se percibió ayer en el propio concierto, hasta la pobre persona que viene a acompañar a su pareja y la besuquea en medio de los riffs porque no entiende queé narices hace allí acaba bailoteando sobre los diabólicos ritmos que Segall impone mientras las cuerdas los deforman, finalmente poseídos por este espíritu que nos recuerda una y otra vez por qué nos gusta este género, y es que viendo un directo como este, ¿quién podría resistirse?

Por si en una hora entera no habíamos tenido suficiente, cuando anunciaron la última canción la gente comenzó con esos “Nooooooo”, pero no sabían lo que se les venía encima y el trío californiano se fue de madre con una versión progresiva y evolucionada de One que se alargó de una forma llena de adrenalina durante 20 minutos (¡¡¡¡!!!!!) mientras los asistentes ya no sabían ni qué hacer con sus vidas, subiéndose al escenario, lanzándose y dando tumbos con unas “incomprensibles” sonrisas de oreja a oreja. Además hubo bis, por si la gente se había quedado con ganas de más, con canción nueva y el bajista haciendo las últimas líneas surfeando por el público.

De las nuevas canciones se puede decir poco, que se adaptaron al directo igual de bien que las del debut, y que suenan poco nuevas, pero igual de convincentes y agresivas que siempre. Veremos con qué nos sorprenden el 23 de octubre con su nuevo álbum; II.

PD: Si queréis una pega, no tocaron Earthen Gate, aunque no sabemos en que más podría haber mejorado el concierto.