Eels: Un vodevil imperfecto

Hay imágenes que no valen mil palabras. Todas las relativas a personajes como Mr. E son papel mojado en directo. Su imagen de pretencioso se desvanece en cuanto su carismática barba alcanza el micro del Price y demuestra que al fin le encaja ese traje elegante y sofisticado que define su espectáculo de music hall pop.

Un público entusiasta donde encontramos menos barbas de las que podíamos esperar de antemano se agolpa en una pista circense buscando una pausa musical y acondicionada que mitigue los efectos del calor en la meseta. Hay expectación. La puesta en escena de la banda deja un regusto parisino cautivador.

El vodevil decorado con bombillas en el techo y alfombras en el suelo es coronado con la presencia de un despliegue de medios que nos dejan boquiabiertos. Cuatro músicos se van a repartir una docena de guitarras, todo el catálogo de percusión posible incluyendo campanas tubulares, una trompeta, un contrabajo, un xilófono, una batería con ganas de pelea y un sinfín de productos maléficos diseñados para adornar con ruidos armónicos la palabra del hombre sencillo.

Y en ese momento, aparece Eels con aire de banda de sala de fiestas venida a menos. El estudiado desaliño de sus trajes así lo refrenda. Las luces se apagan y las bombillas acompañan las letras de uno de los referentes de la música alternativa en el nuevo siglo. Un hombre que apostó por lo viejo en lugar de por lo moderno.

Enseguida comprendes que las etiquetas no se adhieren al traje de Mr. E. Su poderosa capacidad de conexión y la sabiduría de sus letras no necesitan mucho artificio para conquistar a la grada que, enfervorecida, se deja engatusar por la voz de E.

Él te comprende mejor de lo que crees, sabe contar cosas que son universales pero inaccesibles, es en ese tipo de cuestiones donde otros no se atreven a llegar y es ahí precisamente donde llega Eels. Ellos pueden hacer brillar la oscuridad interior de la vida porque tienen ingenio y buen humor.

Sobre el escenario, las risas y los vaciles son constantes. Ayudan a desnudarles y a equipararles a los que nos sentamos en frente de ellos esperando una descarga de endorfinas. No hay barreras en escenario ni platera, los divos han muerto y solo queda la voz melosa de E contando verdades de vodevil, de circo envenenado por la vida.

El directo nos hace transitar por los puntos fuertes de una carrera musical que se entremezcla con recuerdos personales que flotan en el ambiente y se elevan sobre nuestras cabezas. Es curiosa la capacidad de evocación que tiene la música bien hecha. Entre canciones surgen las risas de nuevo entre guiños constantes a la noche madrileña y a su público. E presenta a su trompetista, que se parte haciéndose el novato y dejando mal a su jefe. Éste, le responde con la amenaza de un finiquito.

El ánimo de los músicos contrasta con el nivel de elegancia que alcanzan unos sonidos que suenan endemoniadamente bien. Parece imposible que puedan estar pasándolo pipa debido a la complejidad de cada uno de los temas interpretados, donde los músicos intercambian diversos instrumentos durante los mismos y a veces juegan a hacer desafíos vocales a dos o tres voces. Sus canciones tienen una profundidad y una riqueza de matices nunca vista desde la New Age, representada en el Price por campanas tubulares made in Mike Oldfield. Pero no hay influencia posible que no suene a Eels en ese circo madrileño aquella tarde de julio. Pop, Folk y Rock no existen. Esto es vodevil de autor. Todo conjuntado y preparado para brillar bajo las bombillas.

Es algo más que un live al uso, Eels es cabaret sin chicas bonitas, es puro teatro del absurdo, es una perfomance retro-futurista y sobre todo es un recital de poesía. Todo en uno a modo de pack avanza armoniosamente hasta que se consumen intensamente 90 minutos dentro un mundo irreal tan brillante e inclasificable que nadie quiere despertar del hechizo.

En ese instante, la banda se despide de manera apoteósica, como si se tratase del cierre de una obra de Verdi en la Scala de Milán. E responde al cariño que le propina su público en pie y desfila por la platea repartiendo carisma, sonrisas y abrazos. Su sencillez le convierten en mito. Pocos son los que no hubiesen caído en brazos del divismo tras un recital de tal calibre. E no, va a lo suyo. Sus compañeros se muestran igual de corteses y se abrazan con las guapas asistentes al concierto sobre el escenario. Parece como si se hubiese ganado una guerra importante. Todo somos compadres en el vodevil de Eels.

La ovación que acompaña a su despedida no se apaga y obliga a la banda a unos bises que suenan a imperfección. Nada hubiera sido más impecable que una despedida apoteósica como la que acababa de de contemplar. Pero volvieron, todos vuelven, incluso Eels.

Los bises merecen la pena con guiño al divino Elvis incluido y elevan el directo por encima de la cota de las dos horas. Unos músicos extenuados se marchan vacíos de las tablas del Price para disfrutar la noche de Madrid, tras haber dado todo a un público entregado que jamás olvidará cómo un poeta con barba le enseñó una noche la belleza auténtica: aquella que no necesita adornos ni vanidad para imponer su sello.