DCode Festival 2012 (I): El embrujo nórdico de Sigur Rós y Kings Of Convenience

Foto: DCode Festival

Los recortes, la crisis y la subida del IVA no han podido con la segunda edición del DCode. Ni siquiera la nueva situación en el calendario a final del verano ha hecho mella en una cita que aspira a convertirse en fija en la programación. Algo casi heroico en una ciudad en la que hemos presenciado en los últimos años como propuestas como el Summercase o el Festimad desaparecían o, en el mejor de los casos, se convertían en algo anecdótico. Las cerca de 15.000 personas que se congregaron ayer en las instalaciones de Cantarranas, situadas en la Universidad Complutense, confirman que Madrid tiene ganas de festival.

Nombres como Sigur Rós, Kings Of Convenience o Justice formaban el grueso de una primera jornada que comenzó a primera hora de la tarde cuando el sol todavía hacía estragos. Una circunstancia que se dejó notar en conciertos como el de Dorian. Ataviados con sus habituales trajes negros, los miembros de la banda barcelonesa le echaron ganas en su intento por hacer bailar al público con su pop electrónico. Sin embargo, la entrega no tuvo recompensa. Más ocupados en librarse del calor que de atender al escenario, el foso se vio obligado a claudicar. Algo parecido ocurrió en el concierto de Dinero, que a esa misma hora mostraban sus credenciales al otro lado de Cantarranas. La banda madrileña aspira a convertirse en una formación de referencia en el terreno de la energía guitarrera, sin embargo, sobre las tablas, su rock no va más allá de unos cuantos destellos de rabia. Una pena.

Nada más despedirse, comenzaba en el escenario principal uno de los atractivos del día. Los noruegos Kings Of Convenience llevan tres años sin editar nuevo material, algo que no parece hacer hecho mella en su cancionero clásico y sobrio. El dúo se presentó en Madrid guitarra en mano y dispuesto a hacer bailar al público con la simple ayuda de las cuerdas. Su folk-pop es capaz de viajar desde el San Francisco más hippy hasta la bossa nova más sabrosa, sin perderse en su eterna búsqueda de la canción redonda. Anoche lo demostraron con Me In You y 24-25, ambas de su último trabajo. Cortes que a pesar de la sencillez, consiguen conectar con la parte cálida del cuerpo, provocando la irresistible tentación de mover las caderas. Buena parte de la culpa la tiene Erlend Oye, la mitad hedonista de la pareja, la que en cuanto puede suelta su guitarra y se lanza a danzar. Ese rubio con grandes gafas que se complementa a las mil maravillas Eirik Glambeg Boe, una especie de Cat Stevens moderno, frío, pero sonriente. Juntos son capaces de llenar una explanada de música y alegría. Tanto que al final no pueden evitar llamar al resto de su banda -guitarra eléctrica, bajo y batería- a que finalicen la fiesta. Llega el momento de éxitos como I’d Rather Dance With You o Boat Behind. Un broche perfecto para el primer gran bolo de la tarde.

La coincidencia en horarios obligaba a elegir acto seguido entre la electrónica sin muchas vueltas de los franceses The Shoes o la propuesta arriesgada de unos veteranos como dEUS. Fueron las guitarras saturadas de estos últimos las que terminaron de equilibrar la balanza. La banda liderada por Tom Barman acaba de editar su séptimo álbum, una excusa perfecta para volver a tomarle el pulso. Su sonido ambicioso y, a ratos desafiante, resulta atractivo de primeras. También su insistencia en girar una y otra vez su brújula de estilos, en una montaña rusa en la que caben acordes duros, teclados progresivos y hasta un violín que da las gotas justas de épica. Sin embargo, la formación belga acaba cayendo en su propia trampa cuando se sube a un escenario. Sus shows se terminan convirtiendo en un camino errático en el que todo cabe. Difícil sacar algo en claro de una banda que, aunque demuestra oficio, parece haber perdido hace tiempo el rumbo. A pesar de todo, su esfuerzo sobre las tablas de Madrid ya merece un aplauso.

Y de unos veteranos a una artista nobel. Conocida por su dúo junto a Gotye en el éxito internacional Somebody I Used To Know, la neozelandesa Kimbra se presentaba por primera vez en la capital para demostrar que lo suyo va más allá de una simple canción. Su álbum debut, editado en 2011, contiene buenas dosis de soul y jazz, aunque sepultados bajo toneladas de brillo y base electrónicas. Esto fue precisamente lo que hizo que su concierto en el DCode cayera en lo rutinario. Con una voz angelical y llena de fuerza, resulta triste ver como la artista se empeña en parecer una estrella del pop. Ni siquiera su colorido traje consigue que no los terminemos de creer. Tampoco su versión del clásico de Nina Simone Plain Gold Ring, que se encuentra entre lo mejor de su producción y que termina engullido por un repertorio directo pero plano.

Quizás por ello, el público aprovechó los últimos compases de la actuación de Kimbra para ir tomando posiciones al otro lado del recinto. Sigur Rós, la banda islandesa más internacional, eran sin duda uno de los platos fuertes de esta edición del DCode. Su música cargada de adjetivos y belleza es capaz de silenciar a un auditorio de miles de personas. Algo sólo al alcance de Jonsi y los suyos, que pasadas las 11 se plantaron sobre el escenario principal de Cantarranas. Vestidos como si de una banda militar del siglo XIX se tratara, el cuarteto comenzó su actuación con energía para ir desgranando poco a poco sus canciones más clásicas. Composiciones como Svefn-g-englar o Hoppípolla, una de las más coreadas de la noche, sonaron entre cuerdas, metales y la voz de un Jonsi convertido en maestro de ceremonias con su guitarra y su arco. Lo cierto es que, tras unos últimos años dedicados exclusivamente a su carrera en solitario, el músico islandés se ha convertido en director indiscutible de la banda. Tanto es así que el último trabajo de Sigur Rós, Valtarí, conecta directamente con discos como Riceboy Sleeps. Un acercamiento más vaporoso y ambiental a su música que se concreta en canciones como Ekki Múkk, composición que abrió paso al tramo final de un concierto majestuoso y lleno de magia. Parece que tras casi cuatro años de silencio la banda ha vuelto con todas sus virtudes intactas. Sólo ellos son capaces de hacer corear a miles de personas una canción escrita en un idioma inventado. Sin duda, la música de Sigur Ròs traspasa fronteras.

Tras el balanceo sinfónico de los islandeses, el público parecía pedir una nueva inyección de energía. Y vaya si la tuvieron. Los gallegos Triángulo de Amor Bizarro son expertos en soltar andanadas de mala leche guitarrera sin perderle la cara al pop. Con un escueto “Estamos encantados de estar de nuevo en la capital… a pesar de Espe”, iniciaron cincuenta minutos de actuación centrada en su última referencia, Año Santo. Derechazos de 3 minutos como La Malicia de las Especies Protegidas o De La Monarquía a la Criptocracia sirvieron para confirmar por qué gran parte de la prensa especializada de este país considera el directo de este cuarteto uno de los mejores del panorama nacional. Son jóvenes, tienen canciones y actitud. Poco más se les puede pedir.

El cierre de la noche corrió a cargo de Justice, esa pareja de franceses que aspira a convertirse en rock stars con su electrónica apta para las masas. Su show mastodóntico a base de grandes despliegues visuales y cabezales Marshall no deja lugar a la duda. Tampoco su último disco, en el que su herencia Daft Punk se mezcla con acordes saturados y teclados que podría haber firmado el mismísimo Rick Wakeman. Sin duda, su intención triunfar entre el público más acostumbrado a las cuerdas de una guitarra que al ritmo de un sintetizador parece no tener vuelta atrás. Tanto que su concierto en Madrid comenzó con una interpretación en clave heavy de la Toccata y Fuga de Bach. Un capricho que sonó a horterada, pero que sirvió para calentar a un público que a esas horas de la noche andaba en busca de la pista de baile. Canciones como Genesis, Civilization o D.A.N.C.E. cumplieron con creces los deseos de muchos y cerraron la primera jornada de un festival al que todavía le quedan cartuchos por gastar. The Killers, The Kooks, Django Django, Supersubmarina o The Right Ons son excusa de sobra para acercarse de nuevo a Cantarranas.

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