Crónica del Vida Festival: viernes, 3 de julio del 2015

Welcome al Vida 2015

El Vida Festival ha conseguido consolidar en su segunda edición las señas de identidad con las que el año pasado tomó el relevo del desaparecido Faraday: un criterio exquisito en la elección del cartel (comprendemos que la apuesta comercial de Lana del Rey era un golpe de efecto necesario y muy inteligente para irrumpir en un panorama saturado), un aforo limitado que rehuye las aglomeraciones, y una programación sin apenas solapes. En definitiva, un festival relajado, un festival típicamente… estival. Después cada uno es libre de alabar o criticar factores como la distancia de la masia d’en Cabanyes del núcleo urbano; el entorno semidesértico que, a causa de la sequía, ha hecho que mordamos, literalmente, el polvo; la falta de protección contra el caloret en la explanada y en el escenario La Masia, que frío (nunca mejor dicho) a uno o dos artistas, el colapso de las barras en el primer día… Pero todo eso no deja de ser secundario. El objetivo, identificar el Vida como el festival del verano (con la inestimable ayuda de su principal sponsor, que ha ahondado durante años en esa imagen del verano mediterráneo), se ha conseguido con creces, y así hemos visto cómo familias llevaban a sus retoños a su primer festival, cómo varias generaciones compartían explanada, cómo la transición entre escenarios se hacía dando un rodeo por el bosque o por el mercadillo… El Vida se ha convertido en la particular hoguera de san Juan de la cultura de festival, la celebración del solsticio del mundillo indie, nuestra puerta al verano.

Y así lo disfrutamos.

Para quien aún no lo haya visitado, recordemos que el recinto principal está situado en las afueras de Vilanova i la Geltrú, en los terrenos de la masia d’en Cabanyes, una masia señorial del siglo XVI reconvertida en centro de interpretación del Romanticismo en honor del poeta Manuel de Cabanyes, quien vivió en el último tramo de su vida. Sus terrenos cuenta con una explanada donde se sitúan los dos escenarios principales, el Estrella Damm, de cara a la masia, y La Masia, al lado del edificio, y un bosque donde se albergan los más pequeños, La Cabana, donde cuatro músicos pueden tocar con comodidad, y El Vaixell, una barca de pesca situada en medio de un bosque de pinos, el emplazamiento ideal para los conciertos más mágicos. Al fondo, la organización del In-Edit monta una pantalla al aire libre donde proyectan selecciones de documentales y videoclips, y en la zona del bosque más cercana a la masia se sitúa un mercado y una zona de ocio y entretenimiento para los más pequeños, con actividades lúdicas y musicales. Un entorno ideal, como podemos imaginar, para un concepto de festival no muy al uso, relajado e ideal tanto para sibaritas como para los que rehuyen de las multitudes e incluso (o sobre todo, a tenor de la cantidad que carritos y niños que vimos en el recinto; los más mayores muy atentos a los conciertos) para familias con niños pequeños.

Los madrileños Juventud Juché inauguraron la jornada del viernes en el escenario La Cabana ante un público aún muy escaso arracimado en la sombra, pues a las 17.30h de la tarde se sufría una canícula intensa como hace años no se vivía. Los Juché son dueños de un garaje punk rabioso al que quizá le hace falta algo más de cohesión en el directo (hubo momentos en que parecía que el ritmo se aceleraba intentando alcanzar a un furioso Javier Molina) para que sus canciones-puñetazo golpeen con la contundencia potencial que tienen. Esa tensión incluso pareció extenderse entre los muchachos del grupo, como si la furia los retroalimentase en vez de descargarla sobre los presentes. Interesantes, sin lugar a dudas, y con un discurso agresivo y abrasador al que, esperamos, le den rodaje para elevar su nivel a cotas memorables.

En El Vaixell, sin embargo, el público ya tenía ocupada posiciones en las butacas y en buena parte del bosque para deleitarse, más o menos en silencio, con el folk delicado del imprevisible Neil Halstead. Haciendo gala de un encanto típicamente británico, exquisitamente amable y un poco a su bola, ofreció un concierto que supo a poco. Intercaló un par de composiciones de Mojave 3, In Love With a View y My Life in Art, en mitad de un repertorio reposado y delicado, acunado por su voz de eterno lullaby, que hizo hincapié en su reciente, entre comillas, Palindrome Hunches, y que acabó con una gloriosa Hi-Lo and In Between.

Ver a grupos con tanta carrera por delante como Mourn darle un sabor propio a un sonido destacar con un discurso musical propio que remite a primera golpe de oído a Throwing Muses con una vertiente más ruidosa, a camino entre el ruido pop Pixies y el grunge árido de Sleater-Kinney. Van sobrados de contundencia, actuando de frente, sin escurrir el bulto ni caer en el recurso fácil: composiciones directas, ásperas y rotundas. También es cierto que al principio sonaban con poco empaque, como si le faltase la masilla a las junturas, pero la conjunción de las voces abrasadoras  de Jazz Rodríguez y Carla Pérez los dota de una fuerza inusitada en el panorama nacional. Gertrudis puede formar perfectamente parte de la mejor banda sonora del 2015.

De la sangre más joven a un joven veterano como Xoel López y su capacidad de absorber cualquier influencia, apropiársela y recrearla en una adorable y reconocible cosmología particular, que no se deja constreñir por ninguna etiqueta. Característica combinada con uno de los talentos más puros a la hora de crear melodías perdurables. Al contrario que Halstead un poco antes, López no necesitó hacer grandes esfuerzos para mantener la atención del personal, pues a la habilidad como compositor de estilo propio se une el talento como músico y el hecho de poseer una voz recia y hermosa a la vez. Empezó desgranando algunas de las canciones más de cantautor de su debut tras finiquitar Deluxe, Atlántico, y fue ganando en autoridad a medida que avanzó la tarde, cuando recaló en su más reciente Paramales, de la que destacó Antídoto, un canto al optimismo con un ritmo marino, entre el Atlántico y el Mediterráneo. De piedras y arena mojada, Tierra y Hombre de ninguna parte jalonaron momentos inolvidables, arrancando coros, sonrisas y aplausos por doquier.

Grupo de Expertos Solynieve hicieron lo que están acostumbrados: ir a su bola. ¿Bueno, malo? Ni lo uno ni lo otro, así es como se presentan y, si aceptamos el contrato tácito que se establece entre grupo y público, nos vamos a dejar de zarandajas y seremos capaces de entender y disfrutar la idiosincrasia de un grupo que no se está por concesiones, sino que son una plataforma para disfrutar. Los primeros, los músicos, y eso se nota. Es paradójico cómo Jota, Manuel Ferrón y compañía están relajados en el escenario y consiguen, gustándose, gustar de forma más relajada que con sus otras formaciones.

Y por otro lado, sin la losa de las expectativas de esos otros grupos (sí, estamos evitando nombrarlos, por respeto a los componentes y al proyecto, sólido en sí mismo), resulta paradójico que esa laxitud les permita trascender ciertos límites tácitos del panorama musical, tanto en la forma (la reivindicación de las raíces musicales y del uso de la preciosa riqueza del dialecto) como en el fondo (el contenido ideológico y político, casi omnipresente), sin por ello dejar de divertirse en el escenario. Al contrario: aun a pesar de no ponérselo muy fácil al público y exigirles un esfuerzo por compartir el mensaje (una actitud habitual, en particular, en los otros proyectos de Jota), la recompensa merece la pena. Los Expertos abrieron con un exhuberante Alegato meridional mientras, frente a ellos, el sol besaba las sierras del Garraf y de Foix y teñía el escenario de un vívido tono anaranjado. Momento mágico. El meridional no fue el único alegato: Fandango de la libertad, La nueva reconquista de Graná y Claro y meridiano fueron sendas soflamas contra el conformismo, mientras divertimentos aparentemente inocuos como Déjame vivir con alegría exploran una intimidad más bien poco complaciente. A pesar de todo, en algún momento el grupo se perdió en su textura sonora y, sobre todo al principio, dio la sensación de que se embarraban sin necesidad. Se despidieron del respetable con frases como “Varoufakis inventó la democracia” y “Un brindis para Grecia”, cosechando una muy sentida ovación.

Benjamin Clementine inauguró el escenario grande con un inconmensurable Adios [sic], quizá la declaración de intenciones más clara de todo el festival (mención aparte de Joshua Tillman, claro), quizá la pieza que condensa el amplio registro del londinense: soul, free jazz, free speech, chanson… Un amplio abanico que da como resultado un estilo muy propio, marcado por la presencia escénica, sobria con un punto de arrogancia, por el virtuosismo y fuerza al teclado, y por una voz tortuosa. Acompañado por violonchelo, bajo y batería, Clementine se mantuvo en la circunspección propia de un divo, y como un divo dotado de un talento inusual bordó un concierto irreprochable en lo técnico y conmovedor en lo musical. Su breve discografía contiene joyas como Condolence, I Won’t Complain o Nemesis, cápsulas prolijas de introspección y cirugía cardíaca, que provocaron más de un escalofrío en el atardecer aún sofocante de Vilanova.

PacoSan presentaron su reciente My High en el escenario La Cabana, un viraje al pop sin dejar la base kraut que da como resultado un mestizaje impreciso, desubicado, al que poco pueden hacer por desenredar unos músicos que han demostrado con creces su talento y versatilidad. La electrónica envolvente, la que los emparentaba con Can y Kraftwerk, ha quedado relegada a una argamasa arenosa que no es capaz de mantener de pie un esqueleto melódico de pies inseguros. Sin embargo, destellos de esa magia reaparecieron esporádicamente cuando volvieron la vista atrás a los EPs Space’s confes y Combustione, cuando más que empeñarse en pulir la melodía se concentran en el aspecto hipnótico de las composiciones.

The War on Drugs se presentaba como uno de los cabezas de cartel del festival y, efectivamente, su espectáculo es absolutamente intachable. Por eso, y por la falta de originalidad, resultan tremendamente aburridos, alargando las canciones en una suerte de épica de stadium rock que, no sé por qué, a los de Adam Granduciel se les perdona. A menos que seas Mark Kozelek, pero no creemos necesarias las salidas de tono. En cualquier caso, Granduciel condujo con seguridad un concierto que no se salió de guión en ningún momento, alargando canciones como Under the Pressure, An Ocean Between the Waves y Red Eyes que, ya de por sí, se basan en una idea principal y sus variaciones, con el peligro que comporta de embarrar la narrativa y quedarse en el envoltorio, en un eterno crescendo en el que el virtuosismo y la épica reinan y destierran lo más importante, la emoción y la narración. Así las cosas, si uno se conforma con un Dylan meets Springsteen bastante ramplón, rebajando la graduación lírica del primero y sin llegar a las cotas de intensidad del segundo, lo cierto es que se abre un terreno abonado para, si no se es muy exigente, dejarse llevar y disfrutar del momento.

En las antípodas, los ingleses Martha supusieron una bocanada de aire fresco. Divertidos, anárquicos y espontáneos, derrocharon optimismo vital con un punk pop que le debe tanto a Ramones como a, pongamos, Martha and the Vandellas: de los primeros han heredado el sentido del ritmo y de la diversión; de los segundos, unas deliciosas armonías corales que arrojan en los pequeños retratos sombríos de la vida urbana inglesa una perspectiva que no está exenta de esperanza y redención. Porque no todo va a ser shoegazing; la actitud de Martha es, en ese sentido, combativa y aleccionadora.

Madrugada del viernes al sábado, y el público se concentra para el ansiado regreso de Super Furry Animals. Enfundados en monos de obrero de central nuclear, ejecutaron un espectáculo impecable y preciso, tanto en los momentos de virtuosismo como en las derivas e improvisaciones psicodélicas, pero con poco espacio para la sorpresa. En ciertos momentos asomaba bajo la superficie pop rock un tribalismo latente que los dotaba de una visceralidad que, por otra parte, contrarrestaba una cierta falta de conjunción que nos pareció detectar, como si Gruff Rhys oficiase una especie de homilía electrónica a espaldas de sus compañeros. No acabaron de verse sueltos, aun a pesar de los guiños al público, los ya clásicos letreros de “Applause” y “The End” que enarbola Rhys, a pesar de cruzar los mástiles de las guitarras en Juxtaposed With You como si fuesen los Mosqueteros Psicodélicos. Sin embargo, sin embargo… Nos quedó esa sensación: podría haber sido más divertido, sobre todo para los músicos. Eso no impidió que Something 4 the Weekend, Hello Sunshine y Golden Retriever nos rememorasen los viejos buenos tiempos de los noventa.

The Saurs se encargaron de dejar al público de La Cabana sudando antes de la sesión de DJ Coco. Una fórmula en apariencia fácil: garaje sudoroso y descarado al estilo de Thee Oh Sees que se sustenta en el desparpajo de un trío que se desenvuelve en la distancia corta como leviatanes en aguas procelosas. Y el público, claro está, y como no podía ser de otra forma, se lo agradece efusivamente. Fueron brutales sin ser brutos, incisivos sin ser amanerados y auténticos porque el garaje rock no puede ser de ninguna otra manera.