Coldplay, tormenta de luz

COLDPLAY

Hurts Like Heaven era la encargada de abrir las bocas de alrededor de cincuenta y cinco mil personas anoche en el estadio Vicente Calderón de Madrid.

 

Coldplay salían al escenario entre luces, fuegos artificiales, humo y pulseras iluminadas en cada una de las muñecas de las personas que anoche abarrotaban el recinto para abandonarse a la suerte de una de las bandas más fuertes del mundo.

 

Mylo Xyloto (Parlophone, 2011) es ese último trabajo que sitúa a Coldplay en el puesto de grupo referente y líderes con todo lo que hacen. Ese último trabajo que les convierte en los sucesores, sin duda alguna, de lo que un día fueron U2.

 

Quizá el cambio sea excesivo, pero lo cierto es que Coldplay siguen haciendo lo que mejor saben hacer, se ponga como se ponga la vertiente pureta del pop-rock-indie, como ustedes prefieran llamarlo: Coldplay merecen estar donde están.

 

Cuando escribo esto hago referencia a una posición favorable musicalmente. Lo que empezó como una aventura más independiente e intimista deriva ahora en canciones de estadio que consiguen extender la sonrisa de miles de millones de personas a lo largo y ancho del globo en el que vivimos. Oigan, qué quieren que les diga, respeto es lo mínimo.

 

Me juego la gracia a que los apuntadores habrían bailado/disfrutado anoche como quinceañeros. Que fue lo que nos paso a los demás.

 

Entre luces, fuego, energía y un estallido de altavoces a ese segundo corte de su último trabajo se le añadía In My Place, tema que queda incluido en el que, muchos de nosotros, encumbramos como uno de los dos (tres) trabajos más fuertes de la banda inglesa: A Rush Of Blood To The Head (2002). En ese momento, una avalancha de mariposas de colores sobrevolaba el estadio Vicente Calderón. Pedazos de papel movidos por el aire, el temporal que venía agitándose durante la tarde, y por nuestros ojos, que no sabían dónde meterse.

 

¿Conocen esa sensación entre Noche de Reyes y abrazo bien dado? Pues lo que paso ayer fue una mezcla. Una cifra ridícula de personas coreando y agitándose juntas. Coordinadas por un espectro oculto. Transformando los problemas, que últimamente ensombrecen las ganas de disfrutar de las cosas importantes en muchos casos, en un empujón de entusiasmo.

 

Lovers in Japan, The Scientist, Violet Hill, God put a smile upon your face, Up in flames, Warning sign, Don’t let it break your heart, Charlie Brown, Paradise, Us against the world, Speed of Sound, Yellow, Viva la Vida (BIS) Clocks, Fix You y Every teardrop is a waterfall.

 

Todas ellas completaban un setlist bastante acertado teniendo en cuenta la cantidad de canciones que llevan su firma y el tiempo, que siempre es limitado. Y que, a pesar de los siempre educados, que anoche volvieron a manifestar que por el hecho de pagar una cifra algo más pudiente el grupo tiene que tocar durante una semana sin descanso, todos quedamos satisfechos con la hora y el balance.

 

Quizá lo que más se disfruta en conciertos así es la conexión con algunas de las personas del público. Entre tanta gente uno siempre se encuentra arropado. Como si los problemas propios no lo fuesen tanto y el hecho de compartir algo sencillamente bueno restase importancia a todo lo demás.

 

Y la sensación de “bien” cada vez que Chris Martin (y su camiseta de Intermón Oxfam) sonríe o agradece la actitud del público (esto último es una de las cosas que más hizo después de cantar). Esa sensación.

 

Sin volver sobre la discusión de sí o no a los “nuevos” Coldplay, lo que queda claro, al menos lo que se desprende de una evolución tan innecesaria (en principio) es que cuando Ortega y Gasset decía aquello de “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” era perfectamente consciente de estar en posesión de la verdad absoluta. Criticar un paso hacia cualquier otra forma de música es muy fácil. Pero dejar constancia de lo que se ha hecho en cada momento de la vida y ser capaz de dar a entender, a quien quiera entenderlo, que era necesario en ese instante es aún mejor que cualquier mala manera.

 

Desde las melodías de lamento y las letras enternecedoras al vuelco hacia afuera y la fuerza inmensa de un estadio ardiendo (a pesar de las temperaturas) se despedían de España los cuatro, con una bandera en la mano, agradeciendo una vez más la presencia del público y su participación.

 

No puedo evitar añadir un pequeño epígrafe-oda a ese momento en que aparece, en los grandes círculos que había sobre el escenario (a modo de pantalla), el aviso de reciclaje de pulseras. Las pulseras que habían “formado parte del espectáculo”. Todo el mundo se mira, sujeta su ejemplar, con el color correspondiente, la retira de su mano y sonríe mientras la guarda mirando a ese amigo próximo dispuesto a hacer lo propio. Apuesto a que no reciclaron más de dos pulseras.

 

Una pulsera, sea como sea, no equivale al recuerdo. Pero sí, yo también la conservo, para que lo traiga siempre que repare en ella.

 

Huyendo de tópicos, la frase que mejor resume lo que vivimos es el título de una de las canciones que les convirtió en lo que vimos anoche. Pues eso, VIVA LA VIDA.

  • David

    Lamentable Coldplay. Aburridos, directo previsible, setlist falto de conexión y nada nuevo que aportar. Lamentable que por 60 euros toquen hora y media justa y encima tengamos que dar las gracias. Menos pulseritas y confeti y más música. Coldplay están donde se merecen si, compartiendo pantalla con Rihanna. Menos mal que nos queda el Boss, más de 3 horas con 62 tacos, sin pulseras ni artificio, pero con mucha música y oficio.