Bruce Springsteen, una semana después

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Hemos dejado pasar una semana para poder racionalizar lo sucedido el pasado 21 de mayo en el Santiago Bernabéu. La complejidad de un directo como el de Bruce Springsteen en Madrid trasciende cualquier evento. Se palpa en las desmesuradas medidas de seguridad con las que nos encontramos en los alrededores del estadio y en la expectación casi sectaria del público asistente. He leído muchas crónicas esta semana acerca de todo aquello y todas hablan de lo mismos detalles. No obstante, yo me he hecho esta semana otras preguntas. Hoy el directo ya parece una sombra borrosa en la sección de recuerdos memorables en mi mente, pero ¿cómo explicar el misterio del magnetismo del Boss?

Muchas historias diferentes caben en un concierto con 56000 personas, las hay que hablan de repertorio, otras de un espantoso sonido, pero ninguna profundiza en lo sucedido. En mi caso era mi primer impacto, la primera vez en contemplar la potencia energética de una leyenda. A mi alrededor los legionarios de Springsteen eran veteranos de mil batallas en mil lugares diferentes. La fidelidad de sus miles de pretorianos es otro factor importante. Ellos no dudan del líder pasen los años que pasen. Pero al margen de esta cuestión, en cuanto comienza el show comienzas a entender la lógica del universo Bruce. Poco importa que abriese con Badlands, de hecho, cualquiera de sus himnos hubiese desencadenado la misma afinidad colectiva. Lo increíble de este viejo guitarrista, es que todo a su alrededor se transforma con un simple rasgueo de guitarra. Es difícil de superar esa conexión.

El Boss lleva muchos años ofreciendo este tipo de espectáculos, escucha el latido del público y sabe ofrecer justo la dosis precisa de energía para encumbrar a cada uno de los asistentes a un estadio con el cartel Sold Out colgado. A pesar de la multitud parece que tan solo una decena de personas estuviesen en el recinto merengue. En ese momento, la conexión trifásica del Boss con su público importaba más que un sonido deficiente en casi todos los sectores del estadio. Nosotros en la quinta hilera no podíamos disimular la fascinación por ese rockero vestido de gris con fular a juego.

Aquello se había convertido en una familia de músicos que disfrutan de lo que hacen, sin egos ni estridencias. No las necesitan. Pueden cubrir con maestría las ausencias de su jefe, que si un concierto se midiera en momentos sobre en el escenario podríamos denunciarle por incomparecencia. Pero funciona enormemente. El contacto directo con su gente es parte de todo este increíble show. Esa familia en el escenario transmite una sensación contradictoria de energía y ternura que es clave en la reacción del público.

La banda del Boss hace un concierto íntimo en un recinto gigantesco y esa baza ganadora te va minando. A lo largo de tres horas, desde el escenario surge un momento concreto donde estos músicos te ganan para siempre. Es un momento donde se unen todos los astros, un líder con carisma, buena música y una banda en estado de gracia. A partir de ahí eres cautivo de una comunión en la que participas sin remedio junto a otros fervientes devotos. Mi iniciación se produjo con Hungry Heart. Una caricia al alma en directo, donde el Boss se pasea entre el público y muestra su lado más cercano. Es imposible no conmoverse con temas así o con Wrecking Ball. Lo que es capaz de transmitir Bruce tiene mucho mérito. Sigue manteniendo esa pose de hombre de barrio a pesar de haberse pasado toda la tarde en el club hípico de la capital sin apenas hacer pruebas de sonido.

Pero todo sigue sin importar. Haga lo que haga, sus feligreses estarán contentos. Él corresponde siendo muy cercano, dejando cantar o tocar la guitarra a los niños o incluso propiciar un baile entre su corista y un tipo con jeta del público. La magia se va desgranando sobre el escenario con una falsa sencillez escénica cargada de honestidad. Ahí radica otra de las claves de ese magnetismo. El esfuerzo y las ganas de corresponder de este hombre de 66 años contagia a cualquiera.

Recorrer el setlist de un directo de este tipo es toda una experiencia. Pasan las horas y las piernas no se quejan ante The promised land, una amena versión del temazo Trapped de Jimmy Clift o temazos como Working on the highway, Waitin on a sunny day o Johnny 99. La magia del Boss es que donde otros acaban, él empieza. Eso se aplica en los solos, en las canciones o en las locuras musicales que hace con tipos el iconográfico Steve Van Zandt. Donde otros músicos pisarían el freno, él acelera a toda mecha. Sin paz ni pausa. Todo se desboca y tras casi hora y media de repertorio lujoso llega un guiño a Patti Smith con un monumental Because the night envuelto en ese halo de sonido deficiente que no era capaz de empañar a Bruce.

Él seguía a lo suyo tirando de magnetismo una y otra vez haciendo de los conciertos de estadio un arte minimalista y callejero. Con muy pocas cosas le bastan ya al Boss para levantar el alma de los espectadores. Basta con su porte amable y su rock sincero que te habla de tú a tú en medio de un estadio, en ese ambiente familiar que solo él logra. Se va con The Rising y Land of Hope and Dreams.

Parece un broche de oro perfecto para casi dos horas y media de música y mucho ejercicio físico por parte de Bruce. Pero una vez más, donde otros ni siquiera llegan, él continúa. Y con más fuerza si cabe. La última hora de bises de esta actuación hubiese sido épica si no fuese por los problemas de sonido. Aún así, el público respondió a la llamada del ritmo endiablado de Born in the USA, un himno así fue capaz de hacernos sentir el eco de 56000 gargantas a tono. Algo mágico que tuvo continuación en otro punto fuerte de la noche: la interpretación sincera de Born to run, Glory Days o Dancing in the dark. El sudor imperaba en la noche y la sensibilidad estaba a flor de piel al escuchar esas palabras que tanto nos tienen que decir. Este show no tendría sentido sin esas letras que nos ofrecen consejos o consuelo en momentos duros. La comunión se produce gracias a ellas, compañeras de nuestras vidas.

Más allá de las tres horas de recital, el cuerpo muta en una estructura reactiva al sonido, las pocas fuerzas se transforman en movimiento y en desenfreno con Twist n’ Shout, otro mito revitalizado por el jefe absoluto del rock. Cuando parecía que el final era inevitable, una vez más, donde otros acaban él continuó con un despedida, cómo no, íntima y acústica con Thunder Road. La velada nos dejó un cúmulo de sensaciones que hemos ido desgranando durante esta semana. La mejor manera de entender lo que sucedió aquel día en Madrid era dejar reposar esas sensaciones y contemplar si germinaban en una u otra dirección. Finalmente, la emoción se impuso al mal sonido.