Azkena Rock Festival (y III): My Morning Jacket, M. Ward y los viejos rockeros del sur

La última jornada del Azkena sirvió para reconciliarse con una cita que, año tras año, sigue manteniendo la magia del rock pase lo que pase. Si el viernes había estado marcado por la decepción de un Ozzy Osbourne que, a pesar de traerse a unos cuantos buenos amigos, repitió el ridículo de 2011; a la noche siguiente el público parecía haber pasado página, dispuestos a beberse de un trago un sábado sin tregua. Despistados aparte, poco a poco las calaveras y los cuernos en alto fueron sustituidos por los trajes de cowboy y las botas de cuero, que daban la bienvenida a los viejos rockeros del sur. Lynyrd Skynyrd, M. Ward o My Morning Jacket bien merecían un último esfuerzo.

North Mississippi All Stars fueron los encargados de abrir una jornada que había tenido su aperitivo a mediodía con el rockabilly cincuentero de Dick Brave & The Backseats. Para las seis en punto estaba prevista la aparición de los hermanos Dickinson sobre el escenario Adam Yauch para destilar su blues-rock sucio y garajero. Guitarrista de los Black Crowes, Luth Dickinson puede presumir de ser uno de los músicos que mejor ha sabido empaparse de los sonidos del delta del Mississippi y del sur de Estados Unidos. En Vitoria apareció exclusivamente acompañado por la batería de su hermano, una circunstancia que aprovechó para marcarse un repertorio escogido expresamente para su lucimiento personal. En dúo o en trío, su guitarra sigue siendo una excusa perfecta para acercarse a un concierto de North Mississippi All Stars.

Más comedido se mostró M. Ward, que comenzó su set dubitativo, calentando poco a poco la máquina. Quizás por ello no terminó de conectar con un público que empezaba a coger posiciones para el concierto de Lynyrd Skynyrd. Fue con el foso medio vacío cuando el compositor californiano encontró la senda, enlazando un segundo tramo de concierto a base de caramelos pop. Considerado por muchos como una especie de Buddy Holly moderno, Ward reivindica las virtudes de la canción de 2-3 minutos de duración, de la austeridad bien entendida, del saber estar sobre unas tablas. I Get Ideas y Primitive Girl sonaron dulces, galantes, aunque un poco tibias. Rave On (una versión del propio Buddy Holly) y Roll Over Beethoven sobresalieron en unos veinte minutos finales de puro goce. Para cuando el músico entonaba las últimas notas del clásico de Chuck Berry, las banderas confederadas ya llenaban el escenario principal dando la bienvenida a Lynyrd Skynyrd.

La banda de Alabama es toda un institución entre los amantes del rock sureño. Poco importa que de aquel grupo de éxito de los setenta ya sólo quede el guitarrista Gary Rossington. Tampoco que Ronnie Van Zandt haya sido sustituido por Johnny, el pequeño de la familia. Su hard-rock encandiló de igual manera que si se tratase de la formación original. Y lo hizo porque, listos ellos, no se salieron ni un milímetro de los límites que marcaban aquellas canciones que llenaban estadios en los setenta. Working for MCA, Simple Man, Gimme Three Steps y Call Me Breeze pasaron el corte sin problema, sonando en clave más stoniana y hard-rock que en sus versiones de originales de estudio, pero manteniendo el pulso y el espíritu. Sweet Home Alabama sirvió de despedida antes de regresar al escenario con Free Bird, un bis que por esperado no fue menos emotivo. Con la bandera de Estados Unidos y el águila imperial de fondo, la banda alargó la canción por encima de los diez minutos en un alarde de guitarreo que no se ve todos los días. Puede que los músicos sobre el escenario no sean Lynyrd Skynyrd en sentido estricto, pero como si lo fueran. Pocas bandas son capaces de provocar el júbilo entre miles de personas sin necesidad de aportar nada nuevo. Tienen canciones y oficio. Poco más les hace falta.

Con la mecha encendida, Hank 3 parecía tener el viento de a su favor. El músico norteamericano atesora ya unas cuantas referencias en las que es capaz de recoger la tradición hillbilly de su abuelo Hank Williams y pasarla por la trituradora del punk. Un auténtico forajido del country que gusta por igual a los más tradicionalistas y a los amantes de la energía rock. La primera parte de su concierto en el Azkena rompió más de una cadera entre un público que no sabía si se encontraba en Vitoria o en el bar de carretera más sucio y salvaje del estado de Tejas. La cosa parecía abocada al triunfo trascurridos apenas veinte minutos. Al menos hasta que Hank, un rebelde sin remedio, decidió aparcar por un momento las guitarras acústicas y los banjos y, a solas con el batería, mostrar su lado más rocoso. Lo que parecía una anécdota en el repertorio del músico se terminó convirtiendo en realidad cuando (¡sorpresa!) a la hora de invitar de nuevo a su banda sólo aparece una guitarra eléctrica recién afilada. Así, en formato trío, Williams repasó varias de las canciones de su otro proyecto, ese en el que se deja caer por el trash-metal. O lo que buenamente fuera eso, porque en diez minutos logró que una carpa a rebosar se convirtiera en apenas unos cientos de personas.

Una decepción a medias que se sumó a la que habían protagonizado un rato antes My Morning Jacket en el escenario principal. Jim James y los suyos salieron a matar desde el primer momento, enlazando de una tacada One Big Holiday, Holdin On’ To Black Metal y Circuital. Sin embargo, después de eso se empeñaron en enredarse entre improvisaciones oscuras y sonidos encrespados, provocando los primeros murmullos en el foso. Ni siquiera The Day Is Coming y Victory Dance lograron levantar un concierto que, problemas de sonido aparte, sólo consiguió salir del letargo con Mahgeetah. Lástima que el reloj marcara ya la hora de abandonar el escenario. Destinados a convertirse en una de las bandas de referencia de la americana actual, su actuación en el Azkena nos dejó con ganas de verles en mejores condiciones.

La jornada se cerraba con unos The Darkness festivos que, a pesar de no haber entregado nada reseñable desde hace casi una década, demostraron que detrás de ese característico falseto hay una banda de hard-rock glamurosa y solvente. Un concierto divertido que cerró una nueva edición del Azkena. La edición del pudo ser, pero también de grandes bandas que, a pesar de no llenar estadios o llevar años sin salir en las portadas, siguen recuperando año tras año el espíritu rockero en Vitoria.

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