Una de las películas del año, Holy Motors de Leos Carax

HOLY MOTORS CARTEL

El ser humano, per sé, como ser consciente y racional, necesita encontrar una explicación a lo que sucede a su alrededor. El mundo cinematográfico, como en el resto de ‘mundos’ existen dos posiciones, la del cineasta (emisor) y la del espectador (receptor), es decir, que por un lado nos permite contar las historias que queramos y como queramos, y por otro, nos nutre de historias en las que alguien cuenta lo que quiere y como quiere. No obstante, algo que dicho así suena fácil y casi banal, el entendimiento entre ambos es difícil de lograr. Ya sea por el propio lenguaje o por las experiencias vividas individualmente.

Si habéis visto la película por la cual escribo la presente reseña, entenderéis porqué tal introducción, y sino lo habéis hecho, no sigáis leyendo, os invito a no perder tiempo en verla y a continuación proseguir la lectura.

El cine es universal, pero ello no quiere decir que todos entendamos el universo del cine. Esta película es prueba de ello. Los primeros minutos de Holy Motors sirven, lo quieras o no como espectador, para atraparte en la película de forma inconsciente ante el gran signo de interrogación que se muestra en nuestras retinas de forma subliminal y que como consecuencia despertará el deseo de saber que todos poseemos; deseo que se mantendrá hasta los créditos finales.

Una habitación en la que Leos Carax, propiamente dicho, se levanta en pijama y tantea una pared con sus manos. Uno de sus dedos no es tal, es una llave que nos abre la puerta hacia un cine lleno de ¿personas dormidas? ¿muertas? ¿fantasmas? Sólo con leerlo el mensaje resulta explícito: nos adentramos en el universo Carax, y aquí empieza la historia que quiere contar y la cuenta como él quiere. A partir de este punto el interrogante crece en tamaño.

Resumamos en primera instancia lo que acontece a continuación: Carax nos presenta a Denis Lavant en el personaje (y démosle énfasis a la palabra personaje) de Oscar. Un hombre que, dejando a un lado la posición económica que ostenta, se encamina, como cada mañana y como cualquier persona, hacia su trabajo. Dispuesto a ello, monta en la limusina (un personaje más de la película) acompañado únicamente por Céline (Edith Scob), su chófer, y se dirige a su primera cita.

En el momento en el que baja de su limusina, ejerciendo el papel de dicha cita, surge la peculiaridad y al tiempo originalidad narrativa de esta cinta.

La limusina le llevará de una cita a otra y cada vez que baje de ella será una persona distinta en toda su esencia: porque cada persona tiene una vida, una posición, una forma de hablar, una forma de moverse, una edad, un aspecto… ¿y acaso eso no es sinónimo de vivir? ¿Acaso no es la vida misma? ¿Acaso no fuimos monos y hoy somos personas? Un mundo, distintas personas. ¿Acaso no deseamos en algún momento ser otros? ¿Vivir otra vida? ¿Actuar de otro modo? Hoy día incluso eso es posible, mas, de hecho, lo hacemos.

Siendo así, vayamos más allá, pues el título ya nos ofrece la premisa por donde hemos de dirigirnos. Y es que, hoy día, el mundo se rige por máquinas, por ‘motores sagrados’, por una tecnología que cada vez está más y más presente en nuestras vidas pero que a la vez es cada vez más invisible a nuestros ojos. Interpretamos distintos roles en un mundo lleno de cámaras, pero ¿dónde están esas cámaras? y, ¿dónde están esas cámaras en esta película? Estoy segura de que si se vieran, el público tal vez tendría una visión más clara de lo acontecido, pero el mensaje no sería el mismo.

HOLY MOTORS

Hagamos, tal y como invita sin duda alguna esta película, a hacer uso de la reflexión: usamos la tecnología y sus derivados como ejercicio de comunicación universal, nos creamos perfiles que pueden ser reales o no, avatares que interpretan un papel a ojos del resto de espectadores. Y, sin embargo, ¿por qué resulta tan difícil entender una película que está relatando lo que es la vida hoy en día?

Tal vez, la duda surja por la complejidad de personajes elegidos, personajes extra-ordinarios y extraordinariamente interpretados por el ya mencionado Denis Lavant. O porque cuesta entender que si un personaje muere se levante. Pero, y vuelvo a invitar a la reflexión, ¿acaso no es ficción? ¿se nos ha olvidado que el actor que muere en la pantalla se levanta para desayunar a la mañana siguiente? No debería ser difícil de llegar a tal conjetura, cuando el propio Carax nos da cuenta de ello, y nos hace ver que lo que estamos viendo no es más que ficción con entreacto incluido.

Ésta es tan sólo una lectura (y sin duda sacaré más lecturas a medida que la vuelva a ver) a la historia que el emisor, que Leos Carax, ha ofrecido, y mi papel, como receptora de la misma, es interpretarla. Otra lectura puede ser, simple y llanamente, pensar que Denis Lavant interpreta a un hombre con un trastorno de identidad disociativo (trastorno de personalidad múltiple) o cuyo oficio es el más raro del mundo. Pero como seres humanos, per sé, no queremos, o no deberíamos, quedarnos en la superficie.

Un ejercicio audiovisual como lo es Holy Motors es, en muchas ocasiones, confundido con la pretenciosidad, o usado como elemento de excusa para tachar de pretencioso al director ante algo que no se entiende. Pero si ser pretencioso es, como nos dicen nuestros diccionarios, pretender ser algo más de lo que es, declaradme culpable porque yo veo algo más.

Dejando a un lado algún momento musical a lo Moulin Rouge (eso sí, de Baz Luhrmann) protagonizado por la primeriza Kyle Minogue, cuya interpretación por otro lado es irreprochable, Holy Motors es una sublime locura digna de ver, pues las mejores películas son aquellas de las que, de alguna manera, aprendes algo, o, al menos, te hacen reflexionar y querer saber más de ése personaje o ésa/s historia/s.  Una vez comiences a verla, quedarás atrapado, ¿y por qué seguirás? Como dice Oscar en el film, por lo mismo que has empezado, por la belleza del acto.

Dicen que la belleza está en la mirada del que observa. 

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 9/10