‘Regreso a Ítaca’: El mañana nunca llega

(A Alejandro Acanda y su familia)

Todo aquel que haya visitado Cuba alguna vez, se sentirá Ulises al ver esta película. Y es que Cuba tiene algo de Ítaca. Los que salen no saben con certeza cuando volverán. Y los que se quedan, pasan su vida tejiendo y destejiendo el sueño de un reencuentro.

Amadeo, protagonista de Regreso a Ítaca, es un Ulises habanero que tras un exilio en Madrid de 16 años, decide volver a vivir en su tierra. Amadeo no salió para alistarse en ningún ejército, ni para vengar el rapto de Helena. No busquen en su mirada el reflejo de un campo de batalla. Salió para conseguir fuera lo que no le estaba permitido conseguir dentro. Pero no lo hizo bien. Amadeo salió rápidamente, sin explicarse, sin despedirse apenas, dejando atrás un reguero de preguntas y una Penélope que esperó el regreso de su héroe hasta que un cáncer se la llevó por delante. La distancia, y la enfermedad, contribuyen a que las preguntas se tiñan de rencor.

Ahora vuelve y se enfrenta a sus amigos, que no entienden por qué alguien que consiguió salir de Cuba, desea regresar, y más después de no haberlo hecho cuando se lo exigían sus obligaciones maritales. Y humanas. La conversación se convierte en interrogatorio.

El director francés Laurent Cantet y su coguionista, el escritor Leonardo Padura, recientemente premiado con el Princesa de Asturias de las Letras, se sirven de un escenario, cinco personajes y una conversación que va desde la tarde al amanecer, para hacerle una radiografía a Cuba, y mostrarnos qué tiene por dentro la isla.

Para ello Regreso a Ítaca exprime dos campos. Por un lado, el visual. La cámara nos muestra unas estupendas vistas de La Habana desde una azotea próxima al Malecón, donde nuestros protagonistas interactúan. Hablan, ríen, lloran, bailan, cantan, se tocan, se evitan, cenan, beben, se regalan cosas. La azotea, en medio del resto de edificios que conforman el barrio, es también una especie de isla.

Por otro lado, el textual. Sus palabras, sus expresiones, sus giros lingüísticos, sus tradiciones, su gastronomía. Todo escrito con frescura y envuelto en una pátina que sólo sería capaz de crear (o de atrapar) un cubano. Y Padura lo es. Un realismo y una frescura que derriban la cuarta pared para que puedas colarte en la historia.

Regreso a Ítaca es un atlas visual y emocional. Quien haya estado en Cuba lo verá con alegría y nostalgia. Quien no haya estado jamás, le servirá para conocerla un poco mejor. Quien les escribe ha estado en Cuba y pasó los 95 minutos de metraje rememorando su viaje y sus experiencias y sus conversaciones allí.

Un atlas, decía, que se irá convirtiendo en autopsia. En la disección lenta y milimetrada de las entrañas malolientes de un monstruo omnipresente y omnisciente, al que por Cuba llaman Estado. La materialización de eso tan conceptual y teórico que es la Revolución Cubana, que no es otra cosa que hablar al pueblo en futuro (“Venceremos”), mientras le retienes en el pasado durante casi 60 años. En Cuba, el mañana nunca llega.

Cantet y Padura desmenuzan el análisis, a través de opiniones, miradas cómplices, y recuerdos del ayer, cuando el Estado atesoraba más energías de las que posee ahora para perseguir disidentes. Pero reservan la mayor parte del arsenal para el último acto, donde ya, esperando que el amanecer acabe de coser las heridas, o que borre de un plumazo lo dicho durante la madrugada, no habrá piedad para nadie y todos irán quitándose ropajes y vendas para quedar desnudos ante el pelotón de fusilamiento de la verdad.

Regreso a Ítaca es una pequeña joya. Bien hecha, bien escrita, y bien interpretada. Y necesaria. Sobre todo, necesaria. Para disfrutar con la alegría y vitalidad de un puñado de cubanos y contagiarte de ella. Para que se te muevan solos los pies. Y para saber, también, cómo le huele el aliento al monstruo. O cómo le olía hasta hace poco. Porque ahora con el deshielo igual le entra agua en la boca y se la refresca.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 9/10