Recomendamos… Amour (Michael Haneke): Todo por Amor

A los largo de estas dos últimas décadas, hemos visto cómo el manejo del bisturí en manos del Dr. Haneke es de máxima precisión. Ha filmado películas como Funny Games (tanto la versión más reciente norteamericana, como la alemana), Caché, La Pianista, o La Cinta Blanca, siempre adoptando una postura fría y distante de lo representado: esa crueldad patente en la vida. Este estilo suyo aporta no sólo forma a su cine sino mayor fondo que en la mayoría que podemos ver hoy en día, y es que siempre que planta la cámara en el set expone con cada encuadre un relato artístico propio. Por ello, merecidamente, ha llegado a conseguir numerosos premios (entre otros, la deseada Palma de Oro del Festival de Cannes lograda por La Cinta Blanca y por la presente Amour con la que también ha obtenido 5 nominaciones a los Oscar a pesar de no ser una producción ‘hollywoodiense’; ganadora del Globo de Oro a la Mejor Película de Habla No Inglesa y numerosos premios y nominaciones allá por donde pisa). No obstante, en esta ocasión, y él lo reconoce así, ha filmado una obra más personal y emocional que cualquiera que haya hecho hasta la fecha (siempre dejando su huella personal).

Muy recurrente es la utilización del espacio off (o fuera de campo) a lo largo de todo el metraje (y marca de la casa), con el que Haneke acostumbra a narrar parte de la historia; y no sólo con ese espacio en sí, sino que el sonido fuera de cuadro juega un papel importante: el sonido de un simple grifo, abierto o cerrado, que cuenta una infinidad de cosas sobre lo que acontece en la historia, o sobre los propios personajes y su evolución en el film.

La historia que narra Amour es la de dos ancianos, encerrados el 99,9% del metraje en su casa (tan sólo un único plano es filmado fuera de la residencia, plano que, sentado en la butaca del cine, hace que parezca un espejo reflejando al propio público y con el que consigue encerrarnos, casi literalmente, desde el inicio del film), que viven los atisbos finales de la pareja tras el infarto cerebral de la mujer. Desde entonces la historia narra cómo la pareja, en concreto su marido, hace frente a los cuidados y quehaceres de todo tipo para con ella, con lo que los cimientos de su relación durante tantos años se pondrán a prueba.

El director no trata de dramatizar en el asunto ni pretende crear morbosidad en el espectador, no se regodea en esos momentos en los que la protagonista sufre infartos, sino que sutilmente hace elipsis para situarnos en otra tesitura más complicada. Más allá de todo eso, sitúa su fría cámara para dejarnos ver el proceso, acelerado y devastador, que atraviesa Anne (Emmanuelle Riva, en una actuación de matrícula de honor), tras varios infartos, y cómo su marido Georges (Jean-Louis Trintignant, en un papel para enmarcar), la cuida. En todo ese proceso no hay nada de hermoso, no hay poesía en cambiar pañales a una persona, limpiarle el vómito, o intentar alimentar a alguien, simplemente es lo que es.

Sin ir más lejos, la película empieza con la irrupción de un grupo de bomberos en la casa de manera abrupta para descubrir en la habitación de la pareja el cadáver femenino. De esta manera, todo el relato se convierte en un flash-back, en el que el amor, la piedad y la moral, son los verdaderos protagonistas ante un desenlace previamente narrado.

Haneke retrata a la perfección el amor de una manera poética y elegante, como quien mejor retrató la cercanía entre el amor y la muerte, Shakespeare, que ‘…sella con un beso legítimo un pacto eterno con la muerte que espera…’.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 10/10