Estrenos… Amor sin control, sin control

 

A este paso, la adicción al sexo va a necesitar de un subgénero propio. La mano del cine ha sacado el tema de su baúl de los tabúes, y esa misma mano nos ha entregado, en los últimos años, un puñado de películas cimentadas en la hipersexualidad. Desde la crudeza de ‘Shame’ al detalle explícito de Nymphomaniac, pasando por la demencial pero simpática Choke (Asfixia). De hecho, Amor sin control puede recordar en un primer momento a esta última, aunque carece del gamberrismo y, quizás, del atrevimiento con el que Clark Gregg afrontó su trabajo (todo sea dicho: su guión partía de la historia escrita por Chuck Palahniuk, así no empezaba de cero).

Como Clark Gregg en 2008, Stuart Blumberg debuta como director con Amor sin control, un relato en el que tres hombres de distintas generaciones confluyen en un grupo de apoyo que celebra reuniones para tratar de superar su adicción al sexo. Blumberg se acerca a este problema desde una perspectiva más “cotidiana” y amable, intentando mostrar cómo afecta a las relaciones sentimentales, profesionales o familiares de quienes lo padecen. La idea es buena… Pero el resultado no acaba de convencer. Tal vez porque el guión se convierte en una especie de mediador entre los personajes enfrentados; un juez de paz que da y quita la razón a todas las partes para tratar de empatizar con el espectador. Pero la búsqueda de tanta coherencia hace que la película no fluya, que los diálogos no resulten naturales, que los gags te pillen por sorpresa y lo peor: que a los actores principales les quede extremadamente pequeño, hasta el punto de ahogar sus capacidades, el papel a interpretar.

Aquí tenemos a Tim Robbins, Mark Ruffalo y Gwyneth Paltrow, tres pesos pesados de la versatilidad que prometían química entre ellos –o, al menos, eso es lo yo me imaginé al ver el cartel de la película-. Pero para mi sorpresa, en Amor sin control ni Robbins conecta con Ruffalo, ni este a su vez con Paltrow. Sí lo hacen, y de forma explosiva, los secundarios: Josh Gad y Pink, por un lado, y Joely Richardson y Patrick Fugit por el otro.

Porque parece que Blumberg se ha guardado su genialidad, palpable en el guión de Los chicos están bien, para las historias pequeñas de su ópera prima; y que ha condenado a sus protagonistas y a su historia principal a la trivialidad de la comedias romántica al uso. Quién sabe si estamos ante una estrategia, ante una fórmula para llegar a todos los públicos y paliar ese estigma que conlleva la etiqueta “indie”. Pese a todo, hay que decir que Amor sin control no pertenece a esa categoría. Comedia romántica, sí; pero no al uso. Su clímax dramático, sus personajes secundarios, su uso de los recursos audiovisuales y, cómo no, su música (maravillosa), la alejan del producto empaquetado y empalagoso que Hollywood distribuye al por mayor. Insisto: pese a todo.

 PUNTUACIÓN CRAZYMINDS. 6/10