Estrenos… ‘A Esmorga’ de Ignacio Vilar: Camiño á perdición

RODAJE DE A ESMORGA EN PAZO DE FERREIROA ALFONSO AGRA KARRA ELEJALDE MORRIS

Esta semana se estrenan dos joyas de filmes gallegos en nuestras carteleras que, sin embargo, narran de manera muy distinta el viaje de sus personajes. Mientras en Las altas presiones de Ángel Santos asistimos al deambular contemplativo/reflexivo de un joven cineasta frente al hastío, en A esmorga, del realizador Ignacio Vilar, nos encontramos la misma batalla pero enfrentada desde la visceralidad. Y es que hay distintas maneras de asumir la búsqueda del goce sabiendo que el carnaval ya es imposible”, tal y como señalaba el escritor gallego Manuel Rivas que ahora pone epílogo a la reedición de la obra de Eduardo Blanco Amor.

El filme, como la novela, recoge la voz subalterna de Cibrán, que se sabe condenada y vibra el fin desde el principio de la historia, pese a lo cual relatará ante el juez la crónica de sus veinticuatro últimas horas de “parrranda” (esmorga) vividas junto a sus amigos y que le condujeron hasta allí. Así, la película se convierte en un largo flashback del camino a la perdición de este personaje y sus compañeros de juerga por Auria, trasunto de Ourense, a los cuales acompaña no solo la letanía de una lluvia que cala en las almas, sino la sombra de un crimen que el Bocas cometió la noche anterior, bajo la intriga de Milhomes, y por el que ahora son buscados por unas autoridades que también acechan fuera del plano.

Y es que A esmorga sobrecoge más por lo que evoca – el resultado final de todos los entuertos en los que se van metiendo los personajes están sugeridos, pero nunca vemos el pazo reducido a cenizas o a la Esquilacha descubriendo el robo – que por lo que muestra. Puede que esta sea una de las razones por las que se ha hablado de la modernidad, del matiz y la sutileza en la obra de Blanco Amor que ahora Vilar recoge con incluso mayor lirismo en algunas escenas para transmitir que no somos una pieza de bien ni de mal sino fruto de una dicotomía constante entre el pensar, la cavilación racional que gobernamos, y el pensamiento, que es “un venir todo junto y embrollado en un instante, hasta que no aguantas más y comienzas a hundirte hasta la muerte y recurres al vino que es lo único que te aparta del pensamiento”.

Este filme de intención realista nos inserta así en esta lucha entre el deseo y el deber en una época de represión y miseria como el franquismo que sobrevuela a unos brillantes Miguel de Lira, Karra Elejalde y Antonio Durán, en perfecto equilibrio entre lo bello y lo salvaje de sus interpretaciones. Todos ellos padecieron las inclemencias de la lluvia y el tiempo de Ourense, para meterse en la piel de esos personajes para los que la psicogeografía de Auria es tan determinante. Como si de la Odisea se tratase, desearemos que Cibrán regrese con su compañera pero, como se lee en la obra, “la ley de cuando se anda de parranda con compañeros dice que hay que hacer lo que ellos hagan o largarse y exponerse luego a las críticas”.