El ‘Master’ realiza otra obra embalsamada con Maestría: The Master de Paul Thomas Anderson

Para situar al espectador/lector en un contexto histórico adecuado se ha de decir que la película The Master se da en los Estados Unidos, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial. Muchas de las personas que volvían de la guerra no lo hacían en plenitud de cualidades físicas ni psíquicas (el propio padre del director estuvo en la guerra, y afirma que al volver a casa vivió el resto de su vida ‘inquieto’). Freud ya investigó y realizó pruebas de hipnosis para hacer al paciente volver a su pasado e intentar encontrar el punto desencadenante de sus problemas. Aquellos años de postguerra fueron proclives para que grupos comunales creasen sectas, del tipo de la, hoy mundialmente conocida, cienciología, o, como lo llaman en el film, La Causa, creado por Lancaster Dodd (Phillip Seymour Hoffman), grupos que practicaban la hipnosis (como ya hizo la psicología previamente) pero de un modo desnaturalizado, llevándolo al autoengaño. La Causa, en concreto, lo utiliza para explicar que el alma es un todo a lo largo de la historia y nunca se rompe; el cuerpo es el medio de transporte únicamente, por lo que durante todos esos años (billones de años mal dichos en boca de Dodd) el alma tenía traumas, a los cuales se podría acceder mediante muchos métodos que el grupo proponía, incluida la hipnosis, para solventar los problemas actuales del ser.

Más allá de está discusión dialéctica entre aquellos grupos y la ciencia, la película habla de los traumas personales, de gente que va a la deriva y que buscan con vehemencia su propio ser, a sí mismos.

El protagonista de la película, Freddie Quell (Joaquin Phoenix) es un ex marine, trastornado, errante, que una vez en casa no es capaz de ver en el test de Rorscharch más que genitales femeninos, y que es capaz de masturbarse con un molde de arena en la playa (sin duda alguna, un personaje Freudiano en pleno apogeo). Su intención no es otra que encontrarse a sí mismo, saber qué hacer con su vida y cómo hacerlo. Es curioso que el personaje, al volver de la guerra, ejerza como fotógrafo, intentando captar la mejor luz en las fotografías que realiza, la huella de lo real de la escena, trabajo que (como otros después que este) no le satisfará ni llenará lo suficiente como para seguir ejerciéndolo. De esta manera, tras huir de sí mismo y del propio mundo que le rodea, llega a conocer al grupo de La Causa, donde el ‘Maestro’ Dodd le acoge para tratarle. Dodd es un personaje vanidoso, inestable, inseguro, y su propio sino no es otro que, al igual que Freddie, encontrarse a sí mismo haciendo algo de lo que, en ciertos puntos del film, parece no estar seguro al 100%; mas es muy carismático para aquellos dispuestos a creer en el movimiento que él mismo lidera. Peggy Dodd (Amy Adams) es su esposa, quien en los momentos de flaqueza le sirve de apoyo y hace que Lancaster siga en la brecha.

Uno de los primeros encuentros entre Lancaster y Freddie, la primera sesión en concreto, es reveladora en cuanto al personaje principal se refiere haciendo visible el ser autodestructivo que es. Es interesante descubrir, gracias a las palabras de Paul Thomas Anderson (cuyo impecable trabajo no está siendo meramente reconocido), que dicha escena sólo estaba planeada hasta que Joaquín Phoenix parpadea por primera vez, el resto es fruto de la improvisación de estos grandes actores. A partir de esta secuencia surge una unión entre los dos personajes , incluso una amistad, que les llevará a lo largo de la película a viajar al interior del propio Freddie para encontrar sus problemas e intentar solventarlos. Esta relación acabará cuando el protagonista vea que su camino no está atado a alguien o algo que le diga qué debe hacer, cuándo debe hacerlo y cómo debe hacerlo.

El culmen de la obra lo aporta la espléndida fotografía de Mihai Malamaire. Junto al director, decidieron rodar en 65mm con una textura y color de películas de la época tal como Vértigo o Con la muerte en los talones.

Y, como anteriormente lo hiciera en There will be blood, Jonny Greenwood nos ofrece una banda sonora impecable que hace de la obra de Anderson un círculo cuasi perfecto.

El dibujo que produce el rastro de un barco, presentada aquí como imágenes oníricas de un pulcro y azulado océano, que se repiten varias veces a lo largo de la película, atacan a ese vacío que todos sentimos de vez en cuando, y esa inmensidad que Freddie no encuentra; una sensación que se reduce al salir de la sala y que da paso a otro rastro, el de haber disfrutado de una obra maestra.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 10/10