Desmontando a Terry Gilliam

Lo que os voy a contar es solo una sospecha que tengo… La sospecha de que Terry Gilliam miraba de reojo a Jodorowsky mientras hacía esa maravillosas obras de humor absurdo junto a sus compañeros de los Monty Python. O quizá fuese al contrario… Desde que, me atrevo a decir el más creativo del grupo, decidió empezar a dirigir sus películas en solitario ha entrado, como Jodorowsky, en una constante búsqueda de sí mismo y para hacerlo, como Jodorowsky, ha escenificado su propio mundo interior, un lugar al que de vez en cuando se escapa, no sin antes invitar al resto de la humanidad, en busca de respuestas a las preguntas que en mayor o menor medida todos nos hacemos.

Quizá no fuese este el reto en su primer film, La bestia del reino, pero sí lo ha sido desde el segundo Time Bandits, hasta el último, The Zero Theorem. Durante los años que separan a ambas, Gilliam ha ido despojando a sus películas de humor, pero no de ironía –tampoco de golpes tontos-, ha ido aumentando la bruma, ha enrarecido sus guiones, ha rizado el rizo, pero la base se ha mantenido intacta: Terry Gilliam pide a gritos que reflexionemos sobre nuestra existencia, que busquemos ‘el sentido de la vida’. Anhelo que ha compartido con el resto de sus compañeros, el mismo anhelo que llevó al grupo a disolverse después del 83 –cada cual encuentra el sentido de su vida a su manera-. Supongo que después de aquel desenlace y visto que el mundo sigue igual, él ha ido acumulando ideas para conseguir su propósito, maneras de llamar la atención, tantas que ya no sabe dónde meterlas, no caben en sus películas –me sorprende que quepan en su cabeza-, y a veces desbordan incluso a su público mas fiel.

Terry Gilliam –aunque suene chanante- no puede parar de crear. ¡No puede! Además es una persona muy espiritual, muchas veces lo ha insinuado a través de sus personajes: no cree en las casualidades, cree en el destino. Y el destino le ha dicho en más de una ocasión que pare, que se dé un respiro, pero él ha seguido caminando, sin mirar atrás, por terrenos pedregosos. El resultado de su cabezonería es un cine gafado, un cine que da miedo financiar, hacer y distribuir . Varios ejemplos de su desdicha: su aventura en las Bardenas Reales rodando su Quijote, que se ha convertido en todo un clásico de culto –como lo fue la de Jorodowsky con su Dune-, y el fallecimiento en 2008 de Heath Andrew Ledger, que hizo temblar al equipo entero de El imaginario mundo del doctor Parnassus y obligó a paralizar por un tiempo su producción-. La cosa es que hay un aura negativa alrededor de sus creaciones de la que no se puede desprender, quizá tenga que ver con la esquizofrenia de sus personajes –o la suya propia-, pero lo que es innegable, dichas estas palabras aparentemente negativas, es que el resultado de todo lo que hace es sencillamente espectacular.

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The Zero Theorem también es sencillamente espectacular. Lo que este director hace con la imagen se puede calificar de mágico, sus fotogramas se quedan grabados en la retina y son de una belleza extravagante tal que en ocasiones abruma. Es cierto que sus historias a veces pesan, recargan, pueden incluso producir cierto dolor de cabeza, pero es necesario verlas, más que verlas, observarlas detenidamente, con paciencia, saber leerlas. He de confesar que he gastado más paciencia en ver su último film que en el resto, quizá me esperaba un final más enrevesado e inteligente, al nivel del resto del metraje, pero eso es secundario. The Zero Theorem está repleta de señales que te invitan a meditar sobre muchas cosas –la sociedad conectada y vigilada, el individualismo, el egocentrismo, la alienación, el postureo, la autoridad, la existencia misma-, quizá demasiadas para dos horas; lo hace de la mano de un elenco de actores -con Christoph Waltz a la cabeza-, que se entregan por completo al juego de Gilliam, el juego del sarcasmo.

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En esta ocasión no es Gilliam quien firma el guión, lo hace su análogo, Pat Rushin, un profesor que tiene las mismas inquietudes que el cineasta: demostrar que el todo es nada y que la nada es todo. Así se explica por qué esta película mantiene ‘la esencia Gilliam’ pura, algo que no ocurre con la filmografía que no ha pasado por su mano a la hora de escribir el guión, véase El secreto de los hermanos Grimm, Doce Monos y El rey pescador –quizá por eso estas películas entren mejor al público mayoritario-. Es una lástima que el imaginario de Gilliam haya sido tantas veces despreciado o ridiculizado… Creo que su cine debería de estudiarse en las escuelas, y también su filosofía.