BLACKTHORN (Mateo Gil, 2011)

Desde Nadie conoce a Nadie, el guionista Mateo Gil no se ponía en el papel de director, para lo cual ha tenido que pasar más de una década. Teniendo a Sam Shepard como protagonista, el segundo film del director canario perfila los hilos de la tentación para acudir al cine y ver a dicho actor protagonizando un arriesgado western español (admitiendo que tal género no ha sido nunca destacado en la historia de nuestro cine).

Rodado en Bolivia y, como ya hiciera en su primer largometraje, respaldándose en Eduardo Noriega, en esta ocasión como ‘compañero’ de Shepard, Mateo nos transporta a unos conocidos personajes, reminiscencia de Dos hombres y un Destino.

Blackthorn, título de la película, nos remite al episodio final del forajido Butch Cassidy quien, según versiones autorizadas, murió junto a su compañero Sundance Kid a manos del ejército boliviano. No así, en este film se da un giro a esa versión y se cuenta que ambos lograron escapar: Butch se hace llamar James Blackthorn y vive en la tranquilidad, alejado de la ciudad como criador de caballos, y con la pretensión de volver a su verdadero hogar con los ahorros de toda una vida. En tal travesía, Butch entroncará con un ingeniero español llamado Eduardo Apodaca (sí, éste es Eduardo Noriega) que es perseguido por robar a un rico propietario boliviano llamado Patiño.

Los agrestes paisajes y los extraordinarios espacios abiertos donde se desarrollan los acontecimientos hacen recalcar la fotografía de la película cuya narración se pone en duda. Hacia mitad del largometraje, y personalizando en quien escribe estas palabras, vislumbré ciertos matices que me hacían pensar que Mateo no había sido el guionista de este film (no me fijé antes de entrar al cine en este hecho) y acerté. Los flashback no hacen verdadero juicio al Butch del presente por su falta de intensidad; no ahonda en personajes que pueden resultar interesantes como el cazarrecompensas interpretado por Stephen Rea; el guión nos da vueltas a un mismo círculo en varios momentos.

Es de enjuiciar la narratividad de una historia que por contra tiene la posibilidad de ofrecer mucho más de lo que realmente da y que seguramente se quedaría mucho más laxa de no haber acertado con la elección de su protagonista. Sam Shepard aplasta de manera contundente cualquier posible notoriedad de sus compañeros de reparto, destacando la poca credibilidad que Eduardo Noriega aporta a su personaje en varios momentos, simplemente correcto en otros. Eso sí, es de obligado cumplimiento ver la película en versión original, pues no siendo así se pierden multitud de matices tanto a nivel de guión como el hecho de poder escuchar a Shepard hablar en lo que intenta ser un correcto español (y esto no tiene desperdicio alguno).

Sigamos destacando al veterano: las canciones con la que se atreve Shepard, con un punto nostálgico y a la vez cómico, que podría pasar desapercibido, aporta cierta dinámica a su personaje y a la historia, restando en ésta estatismo.

Cierto es que algunos planos nos hacen recordar al inmensurable Sam Peckinpah, aunque pronunciar el nombre de este director es elevar la película a una alta categoría como también lo sería nombrar a Sergio Leone. Sencillamente correcto en ocasiones y con cierta consideración en otras, Mateo nos brinda algunos planos non-sense que dejan al espectador algo aturdido en cuanto al porqué y a su significado (si es que se encuentra).

El film no es desdeñable. Y no se pone en duda el riesgo de su director al lanzarse con el género western, que tal vez le haya venido un poco grande, no tanto por considerar que no pueda realizar un film digno de este género, como por el lastre que le ha ocasionado rodar un guión no propio de su escritura que se manifiesta más interesante en sus planteamientos que en su resultado final. Le daremos una re-visión.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 6/10