El adiós de Théo Angelopoulos como certeza de la otra crisis.

THÉO ANGELOPOULOS

Hace tres días, las noticias (las que se dignaban a hacerlo) decían, poco más o menos, lo siguiente: a Théo Angelopoulos, conocido director griego de cine, lo ha matado una motocicleta que lo ha atropellado mientras recorría las calles de las afueras de Atenas buscando localizaciones para su nueva película, El Otro Mar, donde tenía previsto tratar sobre la crudeza con que la crisis económica está azotando a su país.

Tres días después, me vais a permitir que diga la verdad: a Théo Angelopoulos lo ha matado la velocidad contra la que siempre libró una voraz batalla. Incansable, certero, rebelde, consecuente, consciente.

No puedo evitar recordar al reflexionar sobre la muerte de Angelopoulos lo que dijo Foucault la primera vez que escuchó hablar del virus del SIDA, ese que acabaría matándole, y que sus allegados le comentaban como posible causa de los síntomas que venía sintiendo en los que serían sus últimos meses de vida. Foucault, digo, rió cuando escuchó hablar del SIDA, por entonces gran desconocido, y dijo que si realmente existiera un virus que se transmitiera por vía sexual y que atacara de esa forma al cuerpo humano sería demasiado “perfecto”, ya que sería la culminación de todas sus obras y la demostración de que todo lo que había dicho tenía algo de razón. Poco después, el virus acababa con él, y redondeaba su obra, como él quería.

Volvamos a Théo, sí. No hace falta haber visto toda su filmografía para saber que su obra era precisamente lo contrario a la velocidad. Que con la quietud, el silencio y la lentitud conseguía atacar aquello que se hubiera propuesto atacar, y no era costumbre suya proponerse retos fáciles. Sus películas, cualquiera de ellas, aparecen repletas de lentísimos y calmadísimos planos secuencia meditados, estudiados y sentidos. Imágenes que no se mueven, se deslizan, para construir un nuevo lenguaje, quizás un nuevo género: la épica del silencio. La contra-épica, lo opuesto a la batalla veloz y ruidosa, la batalla muda, la fuerza de la calma, el desgarro de lo que serpentea por el tiempo en vez de correr con él.

Angelopoulos consiguió, con cada simple segundo de su creación cinematográfica, que conceptos como la fotografía en movimiento o la poesía muda se volvieran realidades tangibles. Que la cámara lenta nos golpeara y nos sacudiera de emoción y belleza, pero también de desamparo y soledad, de desarraigo, de aislamiento, de sabor a hielo en las encías. Sus películas estaban tintadas de gris y de azul. Sus películas estaban plagadas de adioses silenciosos, sin diálogo, con la mano en alto y la mirada desbordándose. Sus películas estaban repletas de gestos mudos hacia el cielo, acaso invocaciones, acaso protestas, acaso lágrimas que no se atrevían a rodar. Sus películas estaban repletas de frío, de niebla, de lluvia, de viento, de nieve… y también de luz, luz que desmaquillaba y desnudaba. Sus películas estaban llenas de silencios hechos añicos, de imágenes de piezas y de miembros esparcidos, sin miedo a lo roto. Sus películas estaban siempre huyendo de la policía de lo rápido, de la dictadura de lo veloz.

Lo suyo, es lo que vengo a decir, no era técnica, sino expresión. Y es que Angelopoulos no creaba cine, sino sentimiento. Podría recorrerse su currículum, su formación, su biografía, sus recursos fílmicos, y hasta podría crearse una pequeña enciclopedia de lo que hizo. Pero eso sería deshonrar e insultar su obra, y más en este preciso momento. No quiero, por tanto, hacer biografía, pero conviene recordar apenas un detalle, que a Angelopoulos no le dejaron seguir estudiando: lo expulsaron “por inconformista” cuando todavía cursaba el primer curso de sus estudios cinematográficos en el Institut des Hautes Études Cinématographiques de París.

Y, sí, el otro día, fatalmente, una motocicleta sesgó su vida mientras paseaba, tal vez a cámara lenta, buscando rincones donde establecer su poesía vibrante de silencio y de contenido desbordado. Paseaba por su Grecia, esa Grecia mojada, húmeda y gélida, pero que siempre resistía, que dibujaba en sus películas. Esa Grecia que no sale en las noticias, que a día de hoy solamente saben hablar de compromisos de déficit y para la que la palabra “rescate” ya siempre se refiere a inyecciones económicas. Théo Angelopoulos estaba intentando rodar una nueva película que retratara cómo atiza la crisis económica a su país (aunque sabemos que el contenido de su obra trascendía las fronteras de lo griego, y que así iba a ser incluso al tratar este tema concreto). Pero probablemente no iba a hablar de economía. Probablemente no iba a mencionar la palabra “balance”. Quién sabe si se hubiera atrevido a rellenar una de las líneas que rompían el silencio de sus películas con la palabra “deuda”. No sabemos, pero podemos intuir. Podemos intuir que El Otro Mar iba a ser un nuevo retrato de la lucha entre la barbarie y la delicia. La delicia era su imagen, sí, esa que no podía ni quería callar nada y lo decía todo a golpe de silencio. Esa que se movía volviéndose extremadamente huidiza a golpe de quietud. Podemos afirmar, incluso, que estaba volviendo a engrasar los ejes de lo lento para mancillar a lo rápido. Pero en ese preciso momento le sucedió lo mismo que a Foucault: que su muerte se encargó de culminar y redondear su obra. Fue arrollado por una motocicleta, veloz, ruidosa, estúpida, que hizo que su cuerpo estallara por dentro y se detuviera, esta vez para siempre. Lo mató la velocidad, esa contra la que se batió en duelo constantemente a lo largo de su vida. Y, con su muerte, en esas condiciones, por esa causa y haciendo lo que estaba haciendo, parece invitarnos a reflexionar si esta crisis que vivimos no tiene dos cabezas, una económica y otra humana, y si la económica, esa que oculta todo lo demás, no es en realidad menos grave que la crisis humana, esa que, escondida, está minando el sentido de nuestra época. No sabemos hacia dónde vamos, pero no nos importa, vamos deprisa. No miramos a los lados, no oímos al tiempo desplazarse lentamente, arrastrarse por los rincones. No vemos la realidad ondulando a nuestro alrededor. No recordamos los gestos ni el peso de cada uno de nuestros parpadeos. Esa es la crisis verdaderamente letal, la que nos vuelve tan rápidos como ridiculamente asesinos y descuidados. Esta es la crisis frente a la que la palabra “rescate” se convierte en una necesidad, pero se sienta delante de las inyecciones económicas con el gesto enfurruñado y los brazos cruzados, recordando que eso no es rescatar, y que todo el mundo se ha olvidado de lo que es un verdadero rescate. Que todo el mundo se está volviendo frenéticamente absurdo.

Théo Angelopoulos se pasó la vida luchando contra la velocidad sin sentido. Y la velocidad lo ha matado. Sí, es cierto, esto ya lo he dicho varias veces antes. Pero es que el desgarro se te instala dentro cuando te paras a mirar de cara a los ojos de lo que habitualmente vive callado. La muerte de Angelopoulos da voz a lo que siempre quiso expresar en sus películas. Ya no lo tenemos aquí, pero tenemos un grandísimo legado y, sobre todo, mucho que reflexionar. Tenemos que volver a ver todas sus películas, recordar el lenguaje de la verdadera calma desgarrada y desgarradora, esa que nada tiene que ver con los manuales de autoayuda que se imprimen rápido y se venden todavía más rápido en las grandes superficies. Tenemos que tomar consciencia de que la crisis humana nos va a matar a todos antes de que la económica nos deje primero sin casa y luego sin pan. Y, si de verdad hemos sentido algo en alguna ocasión acariciando con los ojos las imágenes de Théo Angelopoulos, tenemos que tomar consciencia de que, en estos momentos, la verdadera rebeldía puede que sea salir a la calle y observar la realidad a cámara lenta, andar despacio, mirar al silencio y escuchar los colores de nuestro tiempo, para, así, tal vez, poder vivir el sentimiento y salir de la crisis humana. Tenemos que levantar muy despacio la mano y decirle adiós a este ser tan brillante que ha consagrado su vida a su arte y que ha culminado su arte con su muerte para inundarlo todo de paradoja.

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